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Sufragista

Photo by Kilian M on Pexels.com

No le bastaba tanta negativa, tanto fuese del mismísimo Parlamento británico como por parte de los adustos y encorsetados padre y hermano de Margareth. Una sufragista ejemplar que no descartaba huir con su amante si las cosas se ponían feas. La moral no procede más que de las convenciones culturales y los talentos amargados. Así se lo resumió al juez en el juicio que tuvo lugar cerca de su condado por haber votado ilegalmente, entrecomillo, yo, en las elecciones, queriendo emular a la gran héroe Susan B. Anthony. Fue declarada culpable, como a ésta, pero se despertó una gran conciencia colectiva. Muchas Margareth irrumpirían y lucharían posteriormente, lo seguirían haciendo, por los derechos de colectivos como el de la L.G.T.B.I o la igualdad de género en otros estratos administrativos, politicos, sociales, ideológicos, etc.

No solamente puso de moda los pantalones pirata en su época, propios de los campesinos de las zonas rurales, sino que, efectivamente, fue también una precursora de movimiento feminista en todos sus vertientes y amplia organización. Nótese la ironía en la forma de crítica social de este subsiguiente párrafo, el de los pantalones.

Un día de asueto, pasados diez años de su ingreso en la cárcel, un hombre vestido con gabán de terciopelo y antifaz solapado bajo un enorme sombrero de seta que le cubría las facciones en esa noche helada, intentó acabar con su vida y, sin embargo, se le encasquilló el gatillo. Cuando fue a mirar el supuesto desperfecto se le escapó un tiro en la pierna, accidental, la suya propia, y ella fue salvada por una pareja de gendarmes que pasaban por allí en ese momento. Se encontraba en París, huida.

Su declaración fue el ápice para que jurídicamente se incluyera en las leyes, un tanto a posteriori, la argumentación hecha figura tipificada como delito que representaba el odio contra las mujeres. Tardarían más de un siglo.

Seguimos avanzando aunque Margareth, para recordarla a ella y a todas las mujeres, lo debemos hacer cada día; desgraciadamente, tuvo que morir debido a una huelga de hambre.

La poesía de aquella tarde inesperada, siempre velada, siempre tendida, como la mano que escribe, pintando situaciones todavía.

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En los albores de mi alborada bonita

encontré un lugar recóndito y acompasado,

donde los pasos del tiempo ni eran mirados.

En los albores de mi lontananza perdida,

allí, entre regias espigas y adoradas flores migradas,

de la ciudad al campo trasladadas,

encontré a la madre tierra y a la Pachamama.

Allí, donde los corazones son de tierra mojada por un río multiversal y ascético, diversificante, encontré mi nido, donde anidar y oler el viento sumergido.

Entre arroyuelos, pinos y ardillas,

a lo lejos, suspiraba la hortiga, el pececillo gris y el cangrejo,

suaves aleteos de mariposas y avispas suicidas

y un gran ojuelo, hoyo como pozo de agua sacramental,

en lo hondo y profundo de mi alborada bendita,

repleta de musgo y una cierta apatía.

La gente pasea de día, de noche, cantan tonadillas.

Los mercados se nutren de especias, vino y entretelas,

ornato del vestido vendido y regalado ardiendo de comercio vecino.

Un lagarto se cruza sobre mis pies,

una golondrina clama a la bandada que se contornea al envés.

Los perros son paseados por dueños ataviados con su chándal

y sus zapatillas de footing.

Una vez vi a la luna a las diez de la mañana,

atenta, con su mirada de tornasoles azules como estrellas del alba

que se acuestan tarde en noches de picos pardos.

También maúlla aquel gato que se esconde del ruido trasiegante,

como si fuera un silbido sibilante de aves que migran a la Albufera o quizá a Doñana, lo que que quedó de ella.

Sé que una tarde retrobaré al trobador,

al poeta y al hombre cantautor,

lejos del mundanal ruído se yergue el monte,

con los animales nocturnos,

cigarras cantando frente a la lumbre.

Sé también que un día seré madre del polvo yermo

sucedáneo de aquel retoño que nunca tuve el placer de conocer,

mientras me esperan sin pedirme nada a cambio mis libros

y un poema, cualquiera, siempre fiel al atavío de la fiesta de las guirnaldas del verano cercano. Hasta que te pueda ver, sol temprano

y renazca un esperanto de amanecer.

Siempre supe que aquí pasaré largo tiempo,

esperando el socorro de tus labios,

el frenesí de un abrazo que aun no se atreve a pronunciarse.

Siempre tuya, vida celante, esperanza tardía y un renacimiento nada prosaico, todo poesía.

Empieza por tí. Creo en las causas perdidas.

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Aparecer, desarrollar, indagar, fenecer, vivir,

senectud, amplitud,

formas de ser y de estar.

¿Por qué no creer en el transfondo, lo que va más allá del simple sentimiento narcisista o ególatra?

Es el hombre y su bondad

el perfecto artífice de la esencia de la virtud,

lo fue, en su estado natural,

y tuvo que aprender y desaprender… evolucionar.

Cuando dos ríos son la vida y la muerte,

que van a dar al mar, supone el principio y un después.

Si yo te dijese

cuántas veces intenté hablarte y saludarte.

Ahora te pido perdón por mi ambivalencia.

No sabemos de un mañana seguro

y, tras este apuro, lo seguimos intentando.

Esta poesía filosófica

es el acervo de la experiencia colectiva,

Que viva la vida.

preñada de dádivas y de regalos.

Un fiel gato, un abejorro llamado Platón,

gente que pasa, un pequeño ratón de prado,

los peces en el riachuelo, el cuervo llamado Aristóteles,

esa lagartija a la que le puse de nombre Sócrates,

están a mi lado.

Ah, y esa música que emana del mismo piélago donde el cielo es reflejado como néctar y ambrosía de los dioses, si bien, tenga frío o me moje…

Bach y Vivaldi crearon a un hombre nuevo.

Y el medievo, tan temido y respetado

tuvo también su ego.

El realismo exacerbado hecho naturalismo y positivismo

me tuvo en su prelado, leyendo a Lorca, leyéndolo todos a una como Fuenteovejuna, lo resucitamos. Resucitamos el hado.

No porfies, mi letrado, haz que la hoja en blanco se llene de desdenes y de alegrías y no me hagas elegir, sino ver el nuevo día.

El ilustrado, o no, que no lustre su mente, don preciado,

recaerá en el sueño de un Morfeo vacuo.

¿Por qué no te dí mi amistad que tanto procurabas?

Parafraseo a Becquer, transformado morfosintácticamente en mi deseo,

pero todo cuanto veo es la luz en calma de mi trasiego.

Y, si no lo es, pues luchemos.

Afán, frenesí, fiesta y postureo en una nueva edad de Platino

habrá que mirarlo con tino y, sin embargo, siempre estará lo de dentro.

Mi pozo es un gozo de confraternidad,

aun en los malos momentos.

¿No es todo esto bondad? ¿No es todo lo que tenemos?

Pues hagámoslo verdad.

No nos equivoquemos.

Tengo un espejo

donde mirar todos los días

al arcoiris invisible que ya se verá

tras las lluvias del próximo otoño.

Veleidad, que no martirizas y…

…si, con todo, haré o intentaré hacer caso del oráculo de Delfos:

«Conócete a tí mismo».

——————————

Empieza por tí.

Creo en las causas perdidas.

HASTA LLEGAR AL CORAZON.

La literatura escondida en el inconsciente sale afuera.

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¡Ay que ver! Sus páginas me fascinan, cómo atina, La Celestina,

pues Fernando de Rojas, expresó con apremio sus congojas.

Sigo rememorando tras mi cogote lector, tras el diván, el Quijote,

dado que Cervantes siempre me instruye los debates, como los de antes. Y en los de psicología Freud y su analogía con la mente, procurando no cerrar del todo el pasado, sino comprenderlo, con su simbología científica. Con todas las subsiguientes escuelas y autores, Enrique Rojas, Rojas Marcos, Daniel Goleman o tantos y tantos…

Los clásicos, representados por Bécquer, me dicen los auténticos románticos, sonadas sus rimas y leyendas, albricias, vaya componendas hechas delicias.

Su equidistancia como movimiento, tremendo, el Realismo, me concierne de cerca para con mi vida su paralelismo, así pues Galdós, como Clarín, tararín, y el maestro Zola, me consola, ya que hay ismos necesarios, históricamente hablando. Narrando, los grandes, se sabe.

Dicho esto, atisbo con plenitud moral, que el Siglo de Oro es mi preferido: Calderón y sus sueños hechos vida, ¡que perviva!,

y todos su coetáneos, nada foráneos. Y si lo son, ya no lo son, pues su amistad me queda. Sean bienvenidos.

La literatura medieval, jarchas, me recuerdan a tardes de escarchas,

de amapolas, y siniestros rituales, actuales todavía, valga la antigüedad tardía, pongo por caso, también, los tópicos, muy típicos, como la rueda de la fortuna, oportuna para tratar el azar, o el Carpe Diem, otroros modos de discernir a tales efectos, latinajos, por ejemplo, el locus amoenus, o también, pardiez, la Psicomaquia, todo ello magia.

Las coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, me impresionan desde la psique.

Cuidado, soldado, la épica soflama el espíritu pero lo enaltece,

y yo sigo en mis trece, con la Regenta, tal si fuera un diamante argenta,

junto a todas las proezas y malabares del Realismo Mágico, entre sincrético y trágico. Porque García Márquez, es el marqués de las palabras de nuestro hermana Latinoamérica y sus hermanados literatos.

Rayuela, y sus finales, me asientan del prodigio en sus anales,

mientras exploro narrativamente el terror de Goethe, su Fausto y sus infiernos, siempre maravillosamente eternos, para la posteridad,

¡vaya tranquilidad! leer el terror de Lovecraft o de Poe, quien para nada mi actitud serena corroe, dos maestros que asientan sello.

Como también Paulo Coelho, o Dyer, sinonimia personificada de la autoayuda, diversificada.

En los tiempos modernos encumbro a Dumas, a Byron o a Shelley,

con el Frankestein en danza, viva estampa del Romanticismo que perdura, igual que la locura de la novela negra hecha casulla, mía, tuya,

reflectada en un Truman Capote de alta alcurnia rodeado, tras escribir A sangre fría. Sin olvidarme de Kafka y su Gregorio Samsa.

Tampoco me he olvidado de los modernos conquistados en mis cuitas de madrugadas y nocturnos trances de libelos y alegrías, o los de mi ramo en psicología, por afinidad, cuando les leí un día.

Si, he puesto tan solo unos pocos ejemplos, huellas frescas con emolumentos de placer,

porque recordemos que la literatura se debe hacer, si, cada día,

de igual modo, con las lecturas, y todas sus conjeturas, también sus leyes,

si bien, escribir es singladura de riqueza interior, tanto del hoy como del mañana.

Destripar quiero sus entrañas,

de estilo, y converger dentro de otras historias,

de lo bueno de Shakespeare, de lo mejor de Alejandría,

en bibliotecas, tiendas y escenografía,

dentro del Teatro del mundo, asintiendo, lo mismo, con la Generación del 27,

tan nuestra, simiente de grandes revolucionarios que dieron su vida, a veces breve, Lorca, quien me reconforta en sus poesías y en su dramaturgia, o me duermo rorando como los niños con la Nana de la Cebolla, y un autor casi paisano mío, Miguel Hernández, mostrándome su vida de sufrimiento al detalle. Conjurar quiero a los poetas malditos,

cualesquiera que vea, hartos de sustancia y vino, devino la memoria,

para no usurpar el olvido, Rimbaud, Mallarmé, y al resto de españoles e ingleses, Hervás, Francisco Casanova o mismamente, John Kennedy Toole y su obra póstuma, que me recostuma a leer con novedad y fe, tras su La conjura de los necios.

Bukowski, me abruma, cual clara espuma de un mar del fracaso y el triunfo como antítesis a analizar, es parte del sustrato. Ya ves, un sencillo trabajador de correos.

Y, precisamente, surrealistas como Bretón, me dieron alas para fomentar ciertos esbozos de mi ideología, como eternamente prodigaré en mis salvas hacia los literatos de post-guerra, con un Camilo José Cela deslumbrándome en la Alcarria o con familias como la de Pascual Duarte, menudo dislate, pues no leerlos sí es un crimen discursivo.

Así, me remito a Miguel Delibes o a Sánchez Ferlosio y sus trilogías terrenales y paisajísticas, deslumbrada intelectualmente por Goytisolo o Martín Gaite.

Un buen aperitivo sistémico y estructural de lo que es más actual,

pongo por caso, a la gran e ilustre sempiterna Almudena, de grandes obras como su apellido encierra, o tal vez mi paladar, otro día, prefiera a Rosa Montero y su donaire certero, como coadyuvante, tengo, pretendo, a Pérez-Reverte y así me entiendo. Toda yo, aprendiz de maestros.

Me habré dejado muchos en el tintero,

con su pincel y su tinta de fuego,

con la que alumbrar un fiel testamento

de insignes que jamás morirán en la desmemoria,

y flotan en un suelo de celofán y delicioso cielo,

ahora, antes y siempre,

para volar en la película del pensamiento

con esa peculiaridad que les confiere el talento.

Diluvio

Lluvia torrencial en el Trópico, eso sí tenía un significado lógico y normativizado pero no aquí, y desde el momento en que su jardín quedó altamente inutilizado y toda la vegetación convertida en rastrojo mojado hasta el tuétano, por lo que, ipso facto, pensó, sin ir más lejos, que no era nada normal ni anodino.

¿Qué significado podía tener el llover a cántaros en pleno agosto, puestos ya a la mitad del mes? ¿El cambio climático, quizá? ¿Una ciclogénesis explosiva y harto sorpresiva que no dejó ningún buen auspicio, los cactus deshechos, las enredaderas de las paredes descolgadas a colgajos, a cada cual más endeleble? La vegetación enmohecida. Y eso que en plena tierra de secano se hacía notar todavía más hiperbólicamente el anticiclón.

El anticiclón no era ni tan siquiera el típico de las Azores, tampoco una tormenta clásica de verano. Por deduccion y también por inducción.

Una riada por el desbordamiento de un rio adyacente o una presa rebosante estaba siendo observada con tino incluso en la ciudad, mejorr dicho, en muchos pueblos y ciudades, en el mismo casco antiguo con las torres enfrente y parte del castillo con su muralla chamuscados por regias gotazas excéntricas dilatadas en la mismísima capital de provincia y quién sabe en cuántas más de la península, unas incisivas gotas en eclosión irradiante, que caían en toda su espesor climática. De ser así, el nivel de las aguas estaría pronto al borde del nivel superable en previsión, pero tales previsiones no habían sucedido en tiempo cronológico según los barómetros ni las predicciones avistadas gracias al Meteosat con el suficiente tiempo de antelación.

Además, los coches acampaban sin rumbo fijo arrastrados por la fuerza del caudal vertiginosamente desbordado de un caluroso mes de sequía radicalizada hasta ese momento, a partir del cual, el cielo se volvió repentinamente gris y lleno de unos nubarrones característicos de una película de miedo.

Lo verdaderamente lícito había sido, consecuentemente, el lograr sopesar los datos empíricos actualizados a las doce de esa misma noche dantesca:

El viento con polvo en suspensión procedente del Sáhara, a lo más seguro, suponía que, en su incremento continuo, los graves efluvios del mismo provocasen velocidades sostenidas de entre 63 y 118 km/h. Las densas nubes del color del gris más pizarroso se distribuían en la forma diversificada de espirales trigonométricas alarmantes por su tamaño orogenésico. Esto es, un ciclón en toda regla.

Varias masas de aire continuado y variable pero sistemático propiciaron un escenario lúgubre y tétrico por antonomasia, dándose en su comportamiento climátológico arreciante diferentes temperaturas y cuyo contraste térmico provocó tempranamente una inestabilidad en la atmósfera tal, que los pájaros se vieron obligados a dejarse caer en picado hacia sus nidos en los árboles o, cuerpo a tierra, para defender el equilibrio isostático del vuelo. Los aviones que volaban en el mismo perímetro a la redonda alrededor de la tormenta, inmediatamente en derredor de la misma, permanecieron desestabilizados en su trayectoria dando tumbos acompasados, se veía de lejos la tragedia certera de muchos de ellos estrellándose sin remedio. En no menos de unos pocos minutos.

Truenos, relámpagos, granizo, rayos que se estampaban contra muros y techados, terrazas y el ala alta de los edificios más elevados, se hacían notar estrepitosamente en un ulular contínuo de sones agudos y chirriantes, el aire embravecido, el cielo agotando sus reservas de agua acumulada en la estratosfera.

Cogí una balsa y empecé a remar por entre las calles hirsutas y entreveradas repletas de basura, latas, papeles embrollados en grandes haces de cosas arremolinadas, desperdicios e inmundicia pasada por agua que atravesaba los aledaños de la corriente a ambos lados de la embarcación, lo cual, no prometía nada halagüeño. De pronto, ví como mis vecinos, se subían a grandes y enormes cascotes de madera, de superficies metálicas flotantes por ser poco pesadas o constituidas de madera, dejándose reconducir por la inercia de la propia corriente en danza. Nos gritábamos unos a otros mientras nos cruzábamos en medio de la ventisca y el vendaval lluvioso.

Casi todos los coches flotaban de aquí para allá sin dilación, algunos desmantelados o desensamblados, con las puertas despegadas, las ruedas soltadas de sus chasis, mesas y sillas de bares rondando las inmediaciones acuíferas se cruzaban con flotadores conteniendo personas dentro a modo de salvavidas, colchonetas y somieres que servían de utilitarios fluviales con el mismo fin se estampaban con las paredes cubiertas de agua hasta una altura considerable, cada vez en mayor crecida. Personas que intentaban agarrarse a lo primero que alcanzaban que tuviera una superficie mínimamente plana y angosta conformaba un escenario común.

Los más avispados habían podido subir hasta el ático o en pos de las terrazas de los pisos de mayor altura y no las tenían todas consigo, ni con esa espectativa mejorada.

En dicha dicotomía, las ciudades y los municipios, barriadas y urbanizaciones aledañas, se presentaban atisbadas por un barullo de enseres flotantes, animales muertos, cadáveres, que se erguían a duras penas por entre la superficie de una masa sucia y volátil de espumarajos, de color ennegrecido como la pez, pasadas unas horas de la tragedia ciclogenésica, mientras la trompa lo deglutía todo a su paso.

Algunos cuerpos flotaban inermes, aunque una inmensa mayoría de ciudadanos se habían estabilizado en estructuras cuadrangulares más o menos equilibradas, que se sostenían matemáticamente, gracias a las argucias de protección civil y de salvamento que habían desplegado embarcaciones de auxilio, así como también helicópteros. Pero a todos nos había pillado de sorpresa.

Lejos de arreciar, continuaba lloviendo más y más, sin ningún miramiento. Así, sin poder alcanzar un mínimo grado de estandarización de dichos fenómenos insostenibles, acuciantes e incontrolables, en un primer momento, mucho más allá de las explicaciones científicas que a la gente le hubiera gustado disponer para hacer frente a tales ardides de una naturaleza desbocada por momentos, el tedio y el desconcierto pareció reinar durante las primeras horas. Y eso fue lo que perduró.

Al cabo de tres días con sus tres noches correspondientes, cesó la lluvia y la tormenta. Lo que se observaba de forma permanente era el incremento de la temperatura ambiente, unos cuarenta y cinco grados centígrados, se calculó desde la distancia técnica que otorgaban los aparatos de medición y los gráficos y datos cuantitativos procedentes de los satélites artificiales. Para hacerse una idea más o menos candente, bajo una cierta aproximación meridiana, lo primero que se pudo deducir fue que, ya solo el Mediterraneo, tomado como ejemplo incidental, había sufrido una elevación paulatina pero rápida del nivel del mar, cubriendo metros de altura, cientos, se diría, en proyección hacia arriba, con lo que las poblaciones que no eran demasiado montañosas se habían cubierto de agua estancada. Por todos lados.

Se conformaba la nueva Venecia representada en muchos lugares del mundo.

Las labores de reconstrucción se erigieron cogiendo como referencia la edificación de fuertes empalizadas y estructuras bajo el mar a modo de soporte con las que edificar una momentánea área de salvaguarda, una explanada que iba unida a otras, sistemáticamente entrelazadas por acueductos y puentes elevadizos, y también a través de canales o conductos subterráneos que actuaban de sostén de las nuevas calles.

Ni qué decir tiene que la dieta se volvió atlántica por completo con un despliegue de nutrientes procedentes básicamente del mar y basados en pescados, mariscos, moluscos y gasterópodos, así como determinadas algas acuáticas comestibles.

Muchos siglos después, la presencia de una dismorfia aguda evolutiva, por selección natural hizo mella en la anatomía humana. El fenotipo sufrió poco a poco variaciones al mismo tiempo que la genética mutaba en favor de la preservación de la especie, dándose paso a la aparición de escamas en la piel volviéndose ésta verdosa y gelatinosa, la temperatura del cuerpo oscilaba entre los 33 y los 35 grados, detalles como un empequeñecimiento cerebral obraba junto a la desaparición del pabellón auditivo, estrechamiento de los maxilares, boca prominente, menor hechura del mentón y una estructura más oval de la cara, al mismo tiempo que la barbilla disminuía su agudeza. Exactamente igual que lo que devenía de ser una analogía con los peces. Por añadidura, los pulmones convergían combinándose con extensas agallas a ambos lados del cuerpo, y una aleta dorsal formada como colofón final dentro de una novedosa aerodinámica más propicia para la natación o la inmersión bajo las aguas, lo cual, repercutía en una modernizada práctica social que con los cientos de años permitió que se capturasen peces directamente sin necesidad de recurrir a aperos con redes, arpones, o instrumentalización, ésta era la mínima necesaria requerida.

Había resurgido el Nemohomo. Si bien, de momento, el hombre seguía siendo mamífero.

La becaria indomable.

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Ella miraba la estructura del libro como un mausoleo de divinidades sacras y mundanas, de la realeza y de la monarquía pero también cotidianas, las representadas por la gente de a pié. Los puntos de vista y las perspectivas, relacionadas con una semántica y una semiótica complejas no eran establecidos por casualidad y, sin embargo, lo parecía debido al género y al tema a tratar, que abarcaba varios campos, desde el filosófico hasta el político. Las analogías hacían que se interrelacionaran unas con otras al compás de una lectura que, precisamente, iba acompasada de lectura y análisis, junto a la música del grupo predilecto que empujaba reciamente hacia la creatividad. Unas historias en torno a un objeto fetiche preciado, embalaustran el mismo acto de la observación científica y empírica.

Los flashback iban y venían, al tiempo que la conjunción de la morfosintáxis y el texto argumentativo se casaban dentro de una ceremonia hedonista y seria, enconadamente rica en adjetivación y doble adjetivación, locuciones verbales y adverbiales, frases hechas contenidas en medio de los extranjerismos, neologimos, barbarismos y registros más populares llenos de una plenitud de términos francófonos, anglicismos y latinajos, dispuestos visualmente a través del entrecomillado o la cursiva.

Capítulos bien diferenciados y preclaros en sus disquisiciones, con pleonasmos, metáforas, antónimos, sinónimos y polisemia concienzuda, junto con otros recursos estilísticos, como anáforas, hipérbatons, elipsis, reiteraciones de diverso tipo y calado, mezcla de contextos divergentes que luego volvían a encontrarse, dejaban, todo ello, traslucir el ingenio pragmático y teórico del autor, proclive a permitir diálogos enlazados o por fragmentos, otras veces, parágrafos tan solo, de nuevo, la irrupción del género epistolar en una carta de tal o cual personaje con peso específico aun cuando pudiera considerarse secundario, reafirmados por otros corales de distinta envergadura o rango.

Narrador en primera persona, en tercera, únicamente descriptivo, predominantemente omnisciente, descripciones interiorísticas, paisajísticas, de modelaje de la personalidad, personificaciones dentro de la naturaleza, muerta, viva, espiritual o materialista.

Seguía tomando apuntes habiendo hecho una escaleta de personajes, situacional y narrativa, de estilo, llena de denotación, connotativa, inclusiva de elementos como la coherencia y la cohesión para armonizar todas las partes discursivas. La libreta le parecía más clásica o natural, agreste, compositiva, plenilunio de una futura reseña y de un análisis previo borrador, de lo que sería el estudio preludio del trabajo realizado por encargo de aquella editorial, tan pequeña y adusta como sencilla en ventas, catálogo y stock previsible. Sin embargo el paquete office, para ser más precisos, y en concreto, el editor de textos, Word, le esperaban para trazar los esbozos finales en la forma de estudio crónica para el número mensual próximo.

¿Cómo engarzar las subtramas variopintas con la principal, novela dentro de otra novela, para continuar, más tarde resituándolo todo a modo sui generis en nudo, desenlace y final abierto de lo que parecía, a simple vista y notoriamente, la antesala primera de una pentalogía con hilos conductores pero independientes entre sí en lo predominante?

Llegó la hora de la cena y, de pronto, tan súbita como sorpresivamente surgió el apagón que mucho se temía y del cual no había contado con la precaución suficiente a la hora de guardar los últimos tres subdocumentos, incluyendo la paginación final y el índice, como también el subsiguiente glosario pertañente a las notas a pié de página debidamente sintetizadas y recolocadas.

Tampoco la sinopsis había podido ser retocada, perfeccionándola. Había que corregir alguna falta de estilo, otras derivadas del propio teclado Querty, al igual que alguna ortográfica y unas otras pocas prosódicas.

Menos mal que el Word con el comando adecuado desde la configuración permite una copia restaurada en caso de pérdida aun cuando no se haya accionado dicha opción manualmente, al menos, la versión 2.0 que tenía ella lo cubría. Al recurrir a dicho mecanismo, pudo conservarse una copia por defecto y respiró tranquila a sabiendas de que en el momento presente de cumplirse la una de la madrugada y devuelto al barrio el suministro eléctrico, todavía le restaban unas dos o tres horas de estoica dedicación.

Cenó o, al menos, comió algo de picoteo a las tres y media, aproximadamente, gozando del tiempo suficiente para dar la orden de «enviar» el correo electrónico desde la bandeja de salida hacia la correspondiente dirección del destinatario, hecho en modo copia CCO, tras sellar su firma electrónica, y detallar un correcto y ajustado agradecimiento, bastante escueto, desde el espectro formal que componían copywriter y encargado de departamento.

Le adjunto mis honorarios previo cálculo en función de los caracteres por minuto. Gracias por la disposición. Espero pronta respuesta.

Atte,

Adelino Garmenddi. Corrector de texto y reseñista.

La despedida, como se puede apreciar no era más que la resultante de una prueba para ser elegido, supuestamente y a los efectos de la calidad y resolución profesional del aspirante, de entre otros cientos de colegas que habían respondido a la oferta.

——————–

-¡Mucha suerte- le responde al aire, o al destino, quién sabe, la bloguera y narradora de este relato. Pareciera la reafirmación de un recuerdo personal no demasiado lejano, rememorado, con nostalgia, y no sin cierto dolor moral o espiritual cauterizado por la misma realidad aplastante, sofocada por los acontecimientos y la coyunturalidad de unos consecuenciales circunstancias desfavorecedoras.

-Pero, ¿fuiste seleccionada, o no?

-Nada, cari, nada de nada. Me respondieron, por añadidura, que mi texto contenía muchas faltas de ortografía, ejem, una excusa como cualquier otra. Quizá formase parte de un mailing de un grupillo inexcusable.

-Mala suerte. A seguir en el bufete de abogados de pasante y sin cobrar.

-A la «prochaine».

Las dos amigas se despidieron con un beso hasta la siguiente quedada.

Aporías resolubles

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Cuando las flores renazcan entre el haz del arcoiris,

tras la lluvia de verano,

será mi momento crucial.

Cuando el Sol y la Luna se encuentren bajo el eclipse definitivo,

será el momento de llorar lo incólume,

si todo fuera como una feria de amapolas y estrellas

me transfiguraría en un cometa

y me transportaría desde el viento Céfiro

a una isla desierta

donde el pan y el vino son por fin amigos de cualquiera.

En el ratio de mis idas y venidas

dentro del Eros y del Tanatos,

noté que la espiga dorada y curtida

me clamaba paz y alegría,

comiendo los panes y los peces pescados en un río bravo,

el de mi osadía.

Cuán osados son los sueños policromados

que me regaló la suerte y el esfuerzo, mezclados.

Se quemó la envidia, los celos y el odio en una pira,

en la que Torquemada pidió perdón por sus azarosos y furibundos trazados feudales.

Cuando yo sea el propio ramo de aquellas violetas y margaritas

que enderezan los prados y los caminos,

cuando sea la misma luz que mi pupila atisba,

allá en el campo,

y el divino tesoro sea descubierto

por un pirata patapalo,

en la nave de mi viaje,

quizá en otra vida, conozca bien a la gente buena

siendo todos ellos y yo un susurro de aire,

de cantos y danzas medievales tardías

y nacerá la poesía de nuevo,

como Rousseau tanto quería,

el clima se apaciguara,

los pliegues y las arrugas desapareceran en un circunspecto círculo

contra las ruedas de las fortunas.

No verán mis ojos la piel que me circunda

como si fuera el cincel de una puerta oxidada,

la que se cierra desolada,

sino la entrada, oh, aquel acceso denostado otrora,

ahora admirado y que me guía.

Cuando todo esto pase

encima de una cornisa lluviosa,

ácida y agreste

y un nuevo renacimiento proclame la nueva era de la verdad,

entonces y solo entonces, lloraré de emoción sincera.

Para que los pájaros y la culebra, sean por siempre hermanos,

para que el bosque no señale oscuridad y los búhos no sean los vigías del miedo, sino seres sintientes que solo otean atmósferas de maravillas y oportunidades, avisando de futuras festividades florales, como en los tiempos remotos.

Quizá el sueño de la razón ya no produzca monstruos

y, por contra, sí felicidad

a partir de todos los manantiales de la riqueza colectiva.

Así, la aporía de Aquiles y la tortuga se volvería tan lógica como admirable

porque se restituiría el problema, finalmente.

Todos los sofismas y paradigmas, cuando las predicciones se hicieron materia presente, se tornaron a su lugar de origen,

para no molestar al intelecto, a la belleza, a las ciencias y a las artes.

Aporías resolubles.

Poemius visita a Lecturian: historia de amor taciturno pero ilusionante.

Iris, me soñaste y te soñé un día de otoño, de esos que arden dentro de las fuentes secas y las aguas turbulentas de un pasado mediocre y anodino que ya no aguarda. Los peces, nadando como tú. Siendo vosotros, especies mimetizadas, fiel mirada cristalina en un estanque de hielo candor en el que te percibo, cruzando siempre hacia arriba, hacia un cielo añil de pistacho y galletitas de pienso. Y, sin embargo, cuánto amor te prodigo, cuánto te quiero y te querré, si te digo, en armisticio, que el sueño fue limpio, que yo quitaba tus espinas clavadas y tú lamías mis tristezas plegadas y torpes, con esa destreza que da el amor verdadero y esencial. En la biblioteca de la vida te he leído, representada por sempiternos perros de otros, en el campo de mi olvido te he desenterrado enmedio de otros duros huesos, contenta de tu felicidad desde un cielo cetrino y brillante, lejos del mundanal ruído. Juntas, rememoramos a las abejas, los pájaros y a los grillos, los que tanto perseguiste, educada y buena por dentro; y, por fuera montaraz y agreste, como una montaña ligera y tan fuerte, que se apresta a permanecer siempre. Junco de mi corazón, mar de alborada, bosque verde que calma mi encrucijada, solo con recordarte. Iris, santa, azabache y blanca, suave suspiro de algodón y porcelana.

——————-

Cuando el Sol refulge más allá de tu ventana y la mañana canta compases de riachuelos y caminos entreverados, el verso versado, es el mejor amigo para expresar la diletancia alejada. Y, cerca, muy cerca, está el río. Con el brío de los patos y gorriones sigo estando vivo. Una viveza que apresa el viento sutil que acompaña, a esas veredas de lactancia. Como cuando eras niño, dueño de tu exuberancia. Mas, no niego que un día cualquieram aprese con mis manos las nubes y las guarde en un canastillo.

——————–

Y si todo fuese un rayo, carallo, de lagartos en lagos prendidos. Monaguillos de comer dulce y salado que portean el cepillo. De una ilustre ermita amurallada, hecha de alabastro fino encerrados todos y hallados en un dulce cuento chino. Que la naturaleza escruta, de vigía, un molino. Aquel de cuyas hogazas y panes ácimos llenamos la panza en ese picnic de añoranza. Contaba un día la historia que la ciencia la buscaba. Allá por el norte aséptico cruzando el charco, a un lado el Pacífico y, al otro, el Atlante asolado de miraflores y gritos, henchidos en su balaustrada. Me tiembla la mano, encuadernada de mariposillas sin alas junto a las setas de otoño mohinas, tan monas ellas. En corrillo leíamos cantando en la vereda, los niños. Conociendo a Lorca, jurando complacidos que un día seríamos pueblo, como el ilustre dramaturgo y poeta. Mientras, la Luna llega a la fragua. Con su polisón de nardos, observándonos cuál asceta. Y el maestro, sonriendo. Dando sentido a la vida.

——————–

En lo más profundo de una micronaturaleza sináptica, sincrética, inocente, está mi esencia, luchadora, candente.

Dulces presagios de plantas simiente, escucho a grillos, pájaros y el maullido de un gato.

El cielo agreste, y no sé por qué, un perro llorando. Creo que aúlla a la Luna, más allá de su soledad de vigía.

A lo lejos aún los carros de estrellas volatineras, las más tardías en irse al firmamento adorado, se marcan una estela invisible, incapaz de acogerse a los brazos.

Río y me sonrojo azorada, pero feliz en mi lactancia en la Vía Láctea, ficticia en mi añoranza, real en mis cuitas, porque sé que un niñito imberbe va a nacer durante la Epifanía. Pronto reinará la luz y una esperanza tardía.


En la tierra soleada

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Al son de los pozos, chalets y de los riachuelos,

de los ríos y las tretas,

la verdad se abría en medio del paisaje.

Me prometiste que estaríamos siempre al compás.

Aquí, en el campo, audaz, solitario

existe y existirá un camino solitario

repleto de una solitud que anima a leer y a escribir,

Sin la rueda de la fortuna ni el Carpe Diem,

yo estudio y estudio,

con esfuerzo y trabajo

y me atrevo a mirar a las ardillas

en aquel repecho de paz

que sororiza el viento

cuando me someto al conocimiento

y me siento en el merendero a leer un buen libro.

Siento que mis piernas, recuperadas,

aun cuando no pueda ya correr por maratones y carreras

me mecen rápido para acudir rauda a un sitio y a otro,

La carrera de la vida es la que importa,

así como las buenas comidas.

En aquellos días polvorientos

surgirá temprano, de nuevo, el verano

y entonces, aspiraré todo el aire que me quede

llenando los pulmones de un sueño eterno: el de la vigilia científica y artística y las noches suaves y aterciopeladas de satén que cantaban

allá por los setenta los Moody Blues, para animar mi crecimiento precoz.

Pronto será verano, sí, y fluiré con el sostén de mi voz y de mi inteligencia

en solitud o en compañía de los buenos.

En la tierra soleada,

el verde y la luz aplacan cualquier mal augurio

y puedes gozar de ratios de felicidad.

Como en un sueño

Photo by Vlad Cheu021ban on Pexels.com

Los niños jugaban embelesados dulcemente entre la escarcha y el rocío de la mañana. Abocados a sus hormonales procesos derivados del complejo de castración, mejorando aun más, gracias a un Eros y a un Tanatos tempranero los complejos de Electra y de Edipo y toda suerte de leyendas urbanas, dictadas, parecía mentira, a un mismo nivel semántico y de repercusión, los juegos intercambiaban otras miradas. La fenomenología teoricista o, mejor dicho, la que fuera pseudoteoricista era confeccionada por y para universitarios primerizos que estudiaban poco, hija de la ciencia, el arte y el saber pardo que los hijos de los agricultores habían heredado de los labriegos, habiendo sufragado, éstos, los gastos de una educación elitista en el colegio de turno, con la trascendencia que da el poder de la tierra en propiedad, ganada a pulso y con la esperanza puesta en un cambio de vida para futuras generaciones de psicólogos, abogados, profesores, constructores y agentes de la propiedad inmobiliaria, por ejemplo. Pero la mayoría se esforzaban y estudiaban de verdad. Un grupillo intelectual que tenía piso en la capital o vivía en un Colegio Mayor y volvía solo en vacaciones.

Hacía un frío que pelaba y desde lo alto de los cigueñales que había en algunas plantas bajas, arriba, parte en el exterior y parte en la repisa que se contenía algo menos dentro de su correspondiente desván, el humo de las chimeneas coloristas se unificaba práticamente, con las crías de las cigüeñas y con los sones de los rezos marianos. Puesto que el colegio de monjas, no podía ser menos y pedía su personal dedicación laboriosa. Ubicado en la calle que daba a la plaza, más allá del camino que conducía al polígono industrial, mucho más grandioso y prolijo en edificaciones que el mismo pueblo.

Las aceras se encontraban mojadas, llenas de insectos pisoteados y papelitos, pero semienterrados por capas blancas y transparentes, como si emularan a films de plástico helado o papel de plata, protectores, esto es, en realidad, una helada prominente en toda regla, expuesta a la merced de la suciedad mezclada con agua cristalizada, basura, serpentinas, cristales rotos en algunos tramos, y la decrepitud posterior del musgo de las baldosas, consecuencia de la verbena de navidades de la noche a anterior. El ayuntamiento podía permitirse pagar a una empresa subsidiaria procedente del pueblo casi lindante, que traía barrenderos y personal de mantenimiento. Las cosechas de naranjos, cebollas y melonares, parecían ser provechosas.

Todavía, Urbania, era considerada una pedanía de ese otro pueblo de honores y de pleitesía al que rendía ese municipio pequeñín, estructurado en tan solo cinco o seis callejuelas y una principal, donde el Templo, construido a base del orgulloso esfuerzo de sus habitantes otrora muy antaño, había aspirado con creces a ser la capital de comarca, en tiempos de la maricastaña. Muchos ancianos nostálgicos aun no lo habían podido olvidar y por ello, existía una eterna rivalidad casi condal entre Urbania y Capitolio.

Una estatua, que bien se consideraría memoria histórica a derribar, hoy en día, convivía cerca de la fuente con la piedra hecha de barro y esculpida a modo de listado, imponente, sacra, secular podría decirse, y que ponía nombre a lo que todavía llamaban caídos, enraizados unos con otros, perdonando causas y omitiendo consecuencias funestas, fuera el origen y la historiografía de vida que hubiesen llevado existencialmente.

Las tiendas de frutos secos una, otra, un supermercado, primer Charter de su década prodigiosa, afloraban al mismo tiempo que el Sol se elevaba intentando derretir el vaho gélido y la ventisca sepultada en los altillos de las ventanas y los soportes de las puertas, a modo de nieve poco espesa y ocasional, lo de aquella jornada singular.

Conjeturas de los más viejos del lugar, corrillos, cigarrillos al suelo, no industriales, hechos de semillas, poleo y tabaco natural, conjuraban, al mismo tiempo, las inocentadas perpetradas al humor de las fiestas patronales convertidas en recuerdo de un septiembre que se reconoció como el punto de apertura del final de una España vaciada. Esas eran las cábalas y conjeturas que se decían y desdecían unos a otros, por fin. Qué bien. Llegaría la lozanía y la buena educación reglada a arreglar lo del médico rural, que venía cuando podía. Además, se contribuiría a rejuvenecer al lugar, pues solo moraban cinco o seis niños chicos. Contados con los dedos de una mano. El fenómeno prometía recuperarse conjuntamente con el otoño venidero recogiéndose, todo ello, según se auguraba, del proceder de un gentío variopinto y pijete, ávido de cierto turismo rural enjuto y pletórico, es decir, el propio de aquellos naturalistas osados de los noventa finales, que buscaban esa sencillez que solo otorgan las poblaciones con fondas y árboles centenarios, partidos por rayos y que mecían a los buhos y lechuzas nocturnas, con rayones de enamorados, con sus respectivos corazones cruzados por flechas de cupido que esculpían los nombres de novios y novias, con procesos de diez años de noviazgo, haciendo más ágil aun dicha composición de lugar, pues como un renacimiento tardío se hacía renacer resurgiendo lejos del mundanal ruido en espera del progreso. Y de nuevos dineros.

Cerraban el pueblo, cercenándolo fatigosamente, las bajaditas y las subiditas, del extrarradio, la Avenida llena de olmos del centro, el cuartelillo a la derecha de la carretera adyacente, el otro colegio público, en competencia con el privado concertado, que reunía a curas, maestros, y monjas, todos juntos y abigarrados, como en un mosaico paisajístico de diversas ideologías que convivían sin inmutarse apenas, tan solo, cuando llegaban forasteros esporádicos. Casi por casualidad. El entramado estaba alto, como cúspide el pico de un peñón, emulando a montaña pero más señorial y escarpado.

Humos de cigarrillos acaudalados, entremedias de abrigos de visón y gorras de Blackberry atenazadas entre canas y relojes Citizen, los matrimonios jóvenes acompañan los debates, casi escépticos no sin cierto estoicismo, pareciera ataraxia estacional, ante los cuchicheos y chascarrillos de las mujeres especiales que hacen las comidas siempre a su hora. Como si les fuese a faltar la benevolente costumbre y reprimieran un especial déficit de cariño.

Siempre avisté a los pájaros sin sus jaulas, no los de la tía María Auxiliadora. Esa mujer salvaba animales malheridos, abandonados, o los que le regalaban los que se cansaban de ejemplares ruidosos. Las malas lenguas decían que escondía un oso en el corral, viéndosela azotar el suelo con zotal y regando las gramíneas y giospermas con cariño. Incluso se rumoreaba que comía ratas y hacía conjuros con sapos y culebras, que conocía el Necronomicón español, y que se iba de akelarres de vez en cuando, cuando todos dormían. María la Galana, pa los conocidos del municipio, sito en la vera de una río sin caudal, instructor de ranas, peces pequeños que son comidos por las truchas, con sus huevas, e irrumpiendo el solomillo del entrepán que todos comían cuando visitaban el parque fluvial, ahora convertido en avistamiento turístico adelantado a su época.

De eso y de más cosas hablaban los mayores y adultos del lugar, al tiempo que los chiquillos sacaban sus Scalextric y sus coches teledirigidos, porque dicen que las buenas costumbres jamás se pierden.

Las fábricas de cemento y de terrazo fino, al son del buen patrón y al tanto de ubicarse en un monumental polígono de otras tantas minifactorias, enjutas, unas edificaciones junto a las otras, de hermanos y empresas familiares S.L., solares a medio apuntalar mientras se vigilaba la explanada por los de seguridad, despertaban, como digo, de un fin de semana previo a la Navidad, más movidito de lo habitual.

Todo el mundo había comprado lotería y se había atrevido a jugar sus cartas en la tasca, o jugado al dominó bebiendo carajillo, excepto ellas. Los más jóvenes y las más jóvenes se iban al pafeto de Capitolio.

Pronto se celebraría la misa del gallo, la de a doce, no escatimando detalles, regalos y contubernios varios típicos de las fechas señaladas.

Y, tal y como os narraba, el río seguía creciendo debido a las lluvias y a una ciclogénesis inhóspita, repleta de sorpresas y de granizo, de aquella mañana que había resurgido entre tinieblas de neblina.

Las puertas, algunas pocas, solamente, las que se codeaban de pertenecer a la barriada de las cuevas, eso sí, surtidas de pozos y de luz corriente en el interior de tales reliquias históricas, pasado en mano y difícil de olvidar, aun llevaban la llave entreverada en su cerrojo correspondiente. De nogal noble, otras de pino, otras de metal siderúrgico importado del norte.

Esa mañana también cayeron algunos copos, y la gente salió a celebrar la formación de hielo en el suelo de las calles, abarrotadas de uas pocas familias que no sabían muy bien qué hacer frente al candor del dios Odín enmarañado de exotismo nórdico, al aunar, de igual modo, los tebeos y cómics de los más chicos, con los de un Thor ensalzado y venido a más, seguramente extraído del baúl de los recuerdos de su padres.

La Iglesia transitaba al fondo, de arte funcional, un tanto gótica, pero solo adustamente, representada por algunos elementos arquitectónicos copiados de la catedral, con sus pizarras y caravistas a modo de paredes, mayormente y, por dentro, adornada de oro fundido gracias a la dote y las joyas de muchas mujeres de la post-guerra que lo dieron como concesión tributaria fundacional, hace años también. Alguien, algún seminarista de los tres que pernoctaban, hacía tañir sus campanas a los fieles cuyo sacerdote tenía la costumbre de pasar lista de sus parroquianos no fuera que se quedara sin ocupación, más tarde o más temprano.

«Antón, Antón, Antón Pirulero… cada cual, cada cual, que aprenda su juego… y el que no lo aprenda pagara una prenda…, cantaban los muchachines, a lo mejor acordándose de los niños de San Ildefonso de años anteriores, un 22 glorioso lleno de materialización de illusiones encontradas.

Los bancos, de enfrente del mercado cubierto, hecho de piedra caliza, yeso y cemento grueso, que conformaba el asueto de los negocios principales del pueblo los sábados por la mañana, u otros días escogidos para mercar las mercancías, y ciertas denominaciones de origen, conservaban su adustez, con materiales clásicos y adornos adosados a los laterales esbozados a través de la cerámica valenciana, muchos de los mismos, representados por motivos cultos, por Sorolla, las playas, la paella, el azahar y las fallas.

Y, sin embargo y a pesar de las visitas, nadie había conseguido nunca localizarla en un pequeñísimo punto en el mapa. ¿Existiría, realmente, Urbania?

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