Diluvio

Lluvia torrencial en el Trópico, eso sí tenía un significado lógico y normativizado pero no aquí, y desde el momento en que su jardín quedó altamente inutilizado y toda la vegetación convertida en rastrojo mojado hasta el tuétano, por lo que, ipso facto, pensó, sin ir más lejos, que no era nada normal ni anodino.

¿Qué significado podía tener el llover a cántaros en pleno agosto, puestos ya a la mitad del mes? ¿El cambio climático, quizá? ¿Una ciclogénesis explosiva y harto sorpresiva que no dejó ningún buen auspicio, los cactus deshechos, las enredaderas de las paredes descolgadas a colgajos, a cada cual más endeleble? La vegetación enmohecida. Y eso que en plena tierra de secano se hacía notar todavía más hiperbólicamente el anticiclón.

El anticiclón no era ni tan siquiera el típico de las Azores, tampoco una tormenta clásica de verano. Por deduccion y también por inducción.

Una riada por el desbordamiento de un rio adyacente o una presa rebosante estaba siendo observada con tino incluso en la ciudad, mejorr dicho, en muchos pueblos y ciudades, en el mismo casco antiguo con las torres enfrente y parte del castillo con su muralla chamuscados por regias gotazas excéntricas dilatadas en la mismísima capital de provincia y quién sabe en cuántas más de la península, unas incisivas gotas en eclosión irradiante, que caían en toda su espesor climática. De ser así, el nivel de las aguas estaría pronto al borde del nivel superable en previsión, pero tales previsiones no habían sucedido en tiempo cronológico según los barómetros ni las predicciones avistadas gracias al Meteosat con el suficiente tiempo de antelación.

Además, los coches acampaban sin rumbo fijo arrastrados por la fuerza del caudal vertiginosamente desbordado de un caluroso mes de sequía radicalizada hasta ese momento, a partir del cual, el cielo se volvió repentinamente gris y lleno de unos nubarrones característicos de una película de miedo.

Lo verdaderamente lícito había sido, consecuentemente, el lograr sopesar los datos empíricos actualizados a las doce de esa misma noche dantesca:

El viento con polvo en suspensión procedente del Sáhara, a lo más seguro, suponía que, en su incremento continuo, los graves efluvios del mismo provocasen velocidades sostenidas de entre 63 y 118 km/h. Las densas nubes del color del gris más pizarroso se distribuían en la forma diversificada de espirales trigonométricas alarmantes por su tamaño orogenésico. Esto es, un ciclón en toda regla.

Varias masas de aire continuado y variable pero sistemático propiciaron un escenario lúgubre y tétrico por antonomasia, dándose en su comportamiento climátológico arreciante diferentes temperaturas y cuyo contraste térmico provocó tempranamente una inestabilidad en la atmósfera tal, que los pájaros se vieron obligados a dejarse caer en picado hacia sus nidos en los árboles o, cuerpo a tierra, para defender el equilibrio isostático del vuelo. Los aviones que volaban en el mismo perímetro a la redonda alrededor de la tormenta, inmediatamente en derredor de la misma, permanecieron desestabilizados en su trayectoria dando tumbos acompasados, se veía de lejos la tragedia certera de muchos de ellos estrellándose sin remedio. En no menos de unos pocos minutos.

Truenos, relámpagos, granizo, rayos que se estampaban contra muros y techados, terrazas y el ala alta de los edificios más elevados, se hacían notar estrepitosamente en un ulular contínuo de sones agudos y chirriantes, el aire embravecido, el cielo agotando sus reservas de agua acumulada en la estratosfera.

Cogí una balsa y empecé a remar por entre las calles hirsutas y entreveradas repletas de basura, latas, papeles embrollados en grandes haces de cosas arremolinadas, desperdicios e inmundicia pasada por agua que atravesaba los aledaños de la corriente a ambos lados de la embarcación, lo cual, no prometía nada halagüeño. De pronto, ví como mis vecinos, se subían a grandes y enormes cascotes de madera, de superficies metálicas flotantes por ser poco pesadas o constituidas de madera, dejándose reconducir por la inercia de la propia corriente en danza. Nos gritábamos unos a otros mientras nos cruzábamos en medio de la ventisca y el vendaval lluvioso.

Casi todos los coches flotaban de aquí para allá sin dilación, algunos desmantelados o desensamblados, con las puertas despegadas, las ruedas soltadas de sus chasis, mesas y sillas de bares rondando las inmediaciones acuíferas se cruzaban con flotadores conteniendo personas dentro a modo de salvavidas, colchonetas y somieres que servían de utilitarios fluviales con el mismo fin se estampaban con las paredes cubiertas de agua hasta una altura considerable, cada vez en mayor crecida. Personas que intentaban agarrarse a lo primero que alcanzaban que tuviera una superficie mínimamente plana y angosta conformaba un escenario común.

Los más avispados habían podido subir hasta el ático o en pos de las terrazas de los pisos de mayor altura y no las tenían todas consigo, ni con esa espectativa mejorada.

En dicha dicotomía, las ciudades y los municipios, barriadas y urbanizaciones aledañas, se presentaban atisbadas por un barullo de enseres flotantes, animales muertos, cadáveres, que se erguían a duras penas por entre la superficie de una masa sucia y volátil de espumarajos, de color ennegrecido como la pez, pasadas unas horas de la tragedia ciclogenésica, mientras la trompa lo deglutía todo a su paso.

Algunos cuerpos flotaban inermes, aunque una inmensa mayoría de ciudadanos se habían estabilizado en estructuras cuadrangulares más o menos equilibradas, que se sostenían matemáticamente, gracias a las argucias de protección civil y de salvamento que habían desplegado embarcaciones de auxilio, así como también helicópteros. Pero a todos nos había pillado de sorpresa.

Lejos de arreciar, continuaba lloviendo más y más, sin ningún miramiento. Así, sin poder alcanzar un mínimo grado de estandarización de dichos fenómenos insostenibles, acuciantes e incontrolables, en un primer momento, mucho más allá de las explicaciones científicas que a la gente le hubiera gustado disponer para hacer frente a tales ardides de una naturaleza desbocada por momentos, el tedio y el desconcierto pareció reinar durante las primeras horas. Y eso fue lo que perduró.

Al cabo de tres días con sus tres noches correspondientes, cesó la lluvia y la tormenta. Lo que se observaba de forma permanente era el incremento de la temperatura ambiente, unos cuarenta y cinco grados centígrados, se calculó desde la distancia técnica que otorgaban los aparatos de medición y los gráficos y datos cuantitativos procedentes de los satélites artificiales. Para hacerse una idea más o menos candente, bajo una cierta aproximación meridiana, lo primero que se pudo deducir fue que, ya solo el Mediterraneo, tomado como ejemplo incidental, había sufrido una elevación paulatina pero rápida del nivel del mar, cubriendo metros de altura, cientos, se diría, en proyección hacia arriba, con lo que las poblaciones que no eran demasiado montañosas se habían cubierto de agua estancada. Por todos lados.

Se conformaba la nueva Venecia representada en muchos lugares del mundo.

Las labores de reconstrucción se erigieron cogiendo como referencia la edificación de fuertes empalizadas y estructuras bajo el mar a modo de soporte con las que edificar una momentánea área de salvaguarda, una explanada que iba unida a otras, sistemáticamente entrelazadas por acueductos y puentes elevadizos, y también a través de canales o conductos subterráneos que actuaban de sostén de las nuevas calles.

Ni qué decir tiene que la dieta se volvió atlántica por completo con un despliegue de nutrientes procedentes básicamente del mar y basados en pescados, mariscos, moluscos y gasterópodos, así como determinadas algas acuáticas comestibles.

Muchos siglos después, la presencia de una dismorfia aguda evolutiva, por selección natural hizo mella en la anatomía humana. El fenotipo sufrió poco a poco variaciones al mismo tiempo que la genética mutaba en favor de la preservación de la especie, dándose paso a la aparición de escamas en la piel volviéndose ésta verdosa y gelatinosa, la temperatura del cuerpo oscilaba entre los 33 y los 35 grados, detalles como un empequeñecimiento cerebral obraba junto a la desaparición del pabellón auditivo, estrechamiento de los maxilares, boca prominente, menor hechura del mentón y una estructura más oval de la cara, al mismo tiempo que la barbilla disminuía su agudeza. Exactamente igual que lo que devenía de ser una analogía con los peces. Por añadidura, los pulmones convergían combinándose con extensas agallas a ambos lados del cuerpo, y una aleta dorsal formada como colofón final dentro de una novedosa aerodinámica más propicia para la natación o la inmersión bajo las aguas, lo cual, repercutía en una modernizada práctica social que con los cientos de años permitió que se capturasen peces directamente sin necesidad de recurrir a aperos con redes, arpones, o instrumentalización, ésta era la mínima necesaria requerida.

Había resurgido el Nemohomo. Si bien, de momento, el hombre seguía siendo mamífero.

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