La literatura escondida en el inconsciente sale afuera.

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¡Ay que ver! Sus páginas me fascinan, cómo atina, La Celestina,

pues Fernando de Rojas, expresó con apremio sus congojas.

Sigo rememorando tras mi cogote lector, tras el diván, el Quijote,

dado que Cervantes siempre me instruye los debates, como los de antes. Y en los de psicología Freud y su analogía con la mente, procurando no cerrar del todo el pasado, sino comprenderlo, con su simbología científica. Con todas las subsiguientes escuelas y autores, Enrique Rojas, Rojas Marcos, Daniel Goleman o tantos y tantos…

Los clásicos, representados por Bécquer, me dicen los auténticos románticos, sonadas sus rimas y leyendas, albricias, vaya componendas hechas delicias.

Su equidistancia como movimiento, tremendo, el Realismo, me concierne de cerca para con mi vida su paralelismo, así pues Galdós, como Clarín, tararín, y el maestro Zola, me consola, ya que hay ismos necesarios, históricamente hablando. Narrando, los grandes, se sabe.

Dicho esto, atisbo con plenitud moral, que el Siglo de Oro es mi preferido: Calderón y sus sueños hechos vida, ¡que perviva!,

y todos su coetáneos, nada foráneos. Y si lo son, ya no lo son, pues su amistad me queda. Sean bienvenidos.

La literatura medieval, jarchas, me recuerdan a tardes de escarchas,

de amapolas, y siniestros rituales, actuales todavía, valga la antigüedad tardía, pongo por caso, también, los tópicos, muy típicos, como la rueda de la fortuna, oportuna para tratar el azar, o el Carpe Diem, otroros modos de discernir a tales efectos, latinajos, por ejemplo, el locus amoenus, o también, pardiez, la Psicomaquia, todo ello magia.

Las coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, me impresionan desde la psique.

Cuidado, soldado, la épica soflama el espíritu pero lo enaltece,

y yo sigo en mis trece, con la Regenta, tal si fuera un diamante argenta,

junto a todas las proezas y malabares del Realismo Mágico, entre sincrético y trágico. Porque García Márquez, es el marqués de las palabras de nuestro hermana Latinoamérica y sus hermanados literatos.

Rayuela, y sus finales, me asientan del prodigio en sus anales,

mientras exploro narrativamente el terror de Goethe, su Fausto y sus infiernos, siempre maravillosamente eternos, para la posteridad,

¡vaya tranquilidad! leer el terror de Lovecraft o de Poe, quien para nada mi actitud serena corroe, dos maestros que asientan sello.

Como también Paulo Coelho, o Dyer, sinonimia personificada de la autoayuda, diversificada.

En los tiempos modernos encumbro a Dumas, a Byron o a Shelley,

con el Frankestein en danza, viva estampa del Romanticismo que perdura, igual que la locura de la novela negra hecha casulla, mía, tuya,

reflectada en un Truman Capote de alta alcurnia rodeado, tras escribir A sangre fría. Sin olvidarme de Kafka y su Gregorio Samsa.

Tampoco me he olvidado de los modernos conquistados en mis cuitas de madrugadas y nocturnos trances de libelos y alegrías, o los de mi ramo en psicología, por afinidad, cuando les leí un día.

Si, he puesto tan solo unos pocos ejemplos, huellas frescas con emolumentos de placer,

porque recordemos que la literatura se debe hacer, si, cada día,

de igual modo, con las lecturas, y todas sus conjeturas, también sus leyes,

si bien, escribir es singladura de riqueza interior, tanto del hoy como del mañana.

Destripar quiero sus entrañas,

de estilo, y converger dentro de otras historias,

de lo bueno de Shakespeare, de lo mejor de Alejandría,

en bibliotecas, tiendas y escenografía,

dentro del Teatro del mundo, asintiendo, lo mismo, con la Generación del 27,

tan nuestra, simiente de grandes revolucionarios que dieron su vida, a veces breve, Lorca, quien me reconforta en sus poesías y en su dramaturgia, o me duermo rorando como los niños con la Nana de la Cebolla, y un autor casi paisano mío, Miguel Hernández, mostrándome su vida de sufrimiento al detalle. Conjurar quiero a los poetas malditos,

cualesquiera que vea, hartos de sustancia y vino, devino la memoria,

para no usurpar el olvido, Rimbaud, Mallarmé, y al resto de españoles e ingleses, Hervás, Francisco Casanova o mismamente, John Kennedy Toole y su obra póstuma, que me recostuma a leer con novedad y fe, tras su La conjura de los necios.

Bukowski, me abruma, cual clara espuma de un mar del fracaso y el triunfo como antítesis a analizar, es parte del sustrato. Ya ves, un sencillo trabajador de correos.

Y, precisamente, surrealistas como Bretón, me dieron alas para fomentar ciertos esbozos de mi ideología, como eternamente prodigaré en mis salvas hacia los literatos de post-guerra, con un Camilo José Cela deslumbrándome en la Alcarria o con familias como la de Pascual Duarte, menudo dislate, pues no leerlos sí es un crimen discursivo.

Así, me remito a Miguel Delibes o a Sánchez Ferlosio y sus trilogías terrenales y paisajísticas, deslumbrada intelectualmente por Goytisolo o Martín Gaite.

Un buen aperitivo sistémico y estructural de lo que es más actual,

pongo por caso, a la gran e ilustre sempiterna Almudena, de grandes obras como su apellido encierra, o tal vez mi paladar, otro día, prefiera a Rosa Montero y su donaire certero, como coadyuvante, tengo, pretendo, a Pérez-Reverte y así me entiendo. Toda yo, aprendiz de maestros.

Me habré dejado muchos en el tintero,

con su pincel y su tinta de fuego,

con la que alumbrar un fiel testamento

de insignes que jamás morirán en la desmemoria,

y flotan en un suelo de celofán y delicioso cielo,

ahora, antes y siempre,

para volar en la película del pensamiento

con esa peculiaridad que les confiere el talento.

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