La becaria indomable.

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Ella miraba la estructura del libro como un mausoleo de divinidades sacras y mundanas, de la realeza y de la monarquía pero también cotidianas, las representadas por la gente de a pié. Los puntos de vista y las perspectivas, relacionadas con una semántica y una semiótica complejas no eran establecidos por casualidad y, sin embargo, lo parecía debido al género y al tema a tratar, que abarcaba varios campos, desde el filosófico hasta el político. Las analogías hacían que se interrelacionaran unas con otras al compás de una lectura que, precisamente, iba acompasada de lectura y análisis, junto a la música del grupo predilecto que empujaba reciamente hacia la creatividad. Unas historias en torno a un objeto fetiche preciado, embalaustran el mismo acto de la observación científica y empírica.

Los flashback iban y venían, al tiempo que la conjunción de la morfosintáxis y el texto argumentativo se casaban dentro de una ceremonia hedonista y seria, enconadamente rica en adjetivación y doble adjetivación, locuciones verbales y adverbiales, frases hechas contenidas en medio de los extranjerismos, neologimos, barbarismos y registros más populares llenos de una plenitud de términos francófonos, anglicismos y latinajos, dispuestos visualmente a través del entrecomillado o la cursiva.

Capítulos bien diferenciados y preclaros en sus disquisiciones, con pleonasmos, metáforas, antónimos, sinónimos y polisemia concienzuda, junto con otros recursos estilísticos, como anáforas, hipérbatons, elipsis, reiteraciones de diverso tipo y calado, mezcla de contextos divergentes que luego volvían a encontrarse, dejaban, todo ello, traslucir el ingenio pragmático y teórico del autor, proclive a permitir diálogos enlazados o por fragmentos, otras veces, parágrafos tan solo, de nuevo, la irrupción del género epistolar en una carta de tal o cual personaje con peso específico aun cuando pudiera considerarse secundario, reafirmados por otros corales de distinta envergadura o rango.

Narrador en primera persona, en tercera, únicamente descriptivo, predominantemente omnisciente, descripciones interiorísticas, paisajísticas, de modelaje de la personalidad, personificaciones dentro de la naturaleza, muerta, viva, espiritual o materialista.

Seguía tomando apuntes habiendo hecho una escaleta de personajes, situacional y narrativa, de estilo, llena de denotación, connotativa, inclusiva de elementos como la coherencia y la cohesión para armonizar todas las partes discursivas. La libreta le parecía más clásica o natural, agreste, compositiva, plenilunio de una futura reseña y de un análisis previo borrador, de lo que sería el estudio preludio del trabajo realizado por encargo de aquella editorial, tan pequeña y adusta como sencilla en ventas, catálogo y stock previsible. Sin embargo el paquete office, para ser más precisos, y en concreto, el editor de textos, Word, le esperaban para trazar los esbozos finales en la forma de estudio crónica para el número mensual próximo.

¿Cómo engarzar las subtramas variopintas con la principal, novela dentro de otra novela, para continuar, más tarde resituándolo todo a modo sui generis en nudo, desenlace y final abierto de lo que parecía, a simple vista y notoriamente, la antesala primera de una pentalogía con hilos conductores pero independientes entre sí en lo predominante?

Llegó la hora de la cena y, de pronto, tan súbita como sorpresivamente surgió el apagón que mucho se temía y del cual no había contado con la precaución suficiente a la hora de guardar los últimos tres subdocumentos, incluyendo la paginación final y el índice, como también el subsiguiente glosario pertañente a las notas a pié de página debidamente sintetizadas y recolocadas.

Tampoco la sinopsis había podido ser retocada, perfeccionándola. Había que corregir alguna falta de estilo, otras derivadas del propio teclado Querty, al igual que alguna ortográfica y unas otras pocas prosódicas.

Menos mal que el Word con el comando adecuado desde la configuración permite una copia restaurada en caso de pérdida aun cuando no se haya accionado dicha opción manualmente, al menos, la versión 2.0 que tenía ella lo cubría. Al recurrir a dicho mecanismo, pudo conservarse una copia por defecto y respiró tranquila a sabiendas de que en el momento presente de cumplirse la una de la madrugada y devuelto al barrio el suministro eléctrico, todavía le restaban unas dos o tres horas de estoica dedicación.

Cenó o, al menos, comió algo de picoteo a las tres y media, aproximadamente, gozando del tiempo suficiente para dar la orden de «enviar» el correo electrónico desde la bandeja de salida hacia la correspondiente dirección del destinatario, hecho en modo copia CCO, tras sellar su firma electrónica, y detallar un correcto y ajustado agradecimiento, bastante escueto, desde el espectro formal que componían copywriter y encargado de departamento.

Le adjunto mis honorarios previo cálculo en función de los caracteres por minuto. Gracias por la disposición. Espero pronta respuesta.

Atte,

Adelino Garmenddi. Corrector de texto y reseñista.

La despedida, como se puede apreciar no era más que la resultante de una prueba para ser elegido, supuestamente y a los efectos de la calidad y resolución profesional del aspirante, de entre otros cientos de colegas que habían respondido a la oferta.

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-¡Mucha suerte- le responde al aire, o al destino, quién sabe, la bloguera y narradora de este relato. Pareciera la reafirmación de un recuerdo personal no demasiado lejano, rememorado, con nostalgia, y no sin cierto dolor moral o espiritual cauterizado por la misma realidad aplastante, sofocada por los acontecimientos y la coyunturalidad de unos consecuenciales circunstancias desfavorecedoras.

-Pero, ¿fuiste seleccionada, o no?

-Nada, cari, nada de nada. Me respondieron, por añadidura, que mi texto contenía muchas faltas de ortografía, ejem, una excusa como cualquier otra. Quizá formase parte de un mailing de un grupillo inexcusable.

-Mala suerte. A seguir en el bufete de abogados de pasante y sin cobrar.

-A la «prochaine».

Las dos amigas se despidieron con un beso hasta la siguiente quedada.

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