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Retazos de cariño. Elementiasis.

En la alborada de chocolate y mermelada,

de maicena y regaliz de palo,

de mañanas y tardes en el lago,

allí, allí te espero, hermano.

Hermano, ya sé que es demasiado tarde.

¿Sabes qué?

En el fondo rugía un ciclón, un maremoto, una ciclogénesis imperfecta,

como las tormentas y las danas de agosto y yo yacía incolume, impoluta,

máxime indiferente a la aciaga lluvia de dos días.

Escuchando a mi grupo preferido,

respirando indigo y yo te digo:

«Te wanted ya cesó». No busco ni persigo.

Ya no soy el objeto sino el sujeto complacido.

Solamente oso alcanzar el conocimiento tardío

que de niña y de jovencita se me negó sobremanera.

Diferentes niveles de percepción entre la multitud y lo cierto es que lo llevo bien. Demasiado taxativamente rigurosa desde el punto de vista asertivo y científico,

Amapolas de Van Gogh,

Apología de Sócrates y el surgimiento en mí percepción informativa y pedagógica de su mayéutica,

recordando esas plazas: las de los pueblos, las ágoras helénicas, las del 15M…

Todo huele a café y en su defecto, el sucedáneo del te, alargamiento procrastinado en pos de la cafeína, alejándome, a su vez, del rictus letal progresivo de la nicotina cruel y engañosa, traidora y taimada, como el cocodrilo de Samaniego intentando envolver sofisticadamente al valiente e irreverente perro.

Apelo a la fe y a la eucaristía, ahora reconciliada a la liturgia mañanera y para nada oportunista.

Retazos de cariño. Dónde los poetas y dónde los hombres, como decían en los setenta.

Retazos de cariño hambriento.

Retazos de cariño infraudulento.

Retazos.

La suerte como arbitrio aun no la he podido descartar absolutamente.

Entre el chocolate y la mermelada, yo me quedo con los dos.

Y con la horchata

y las fallas, el Carmen y la Basílica

y, fundamentalmente, la plaza de San Agustín junto a su fecundo y tierno tiemplo, sacra experiencia cada domingo, pleno de supervivencia.

El sol sale al este levantino.

Me sonríe confabulado con la luna, quien me ha cuidado esmeradamente

toda la noche y cada una de ellas calcárea y caliza, como las de los rios que visito en la vigilia del finde.

Ruge el viento clamando la calle desde su suave brisa de las primeras horas, a las doce tengo mi cita ascética y religiosa.

Terminado un dibujo naif en mi pupitre salado,

Hoy será diferente.

Como cada jornada mayestática donde mi Nos cobra vida

en espera de la relectura de El Tirant.

Como bien decía al destino que no envidia,

alegato de retazos de cariño no contaminado,

esto es, de los de verdad.

Parque fluvial – Poesía costumbrista

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El gato marramamiaba, el de los vecinos viajeros,

un perro se remojaba acostumbrado a su praxis,

la lagartija corría varias encrucijadas de caminos,

a escondidas salía y celaba el Sol,

tímidamente resoplaba el viento tendido

entre tendederos y entretelas,

arañas muertas de un golpe seco

por entre la noche sierpe desaboría,

porque me faltaba un libro

que perdí mientras me tomaba

la cocacola más triste

porque no lo encontraba

en medio de mis cachivaches.

Antes de partir a la mañana siguiente

al tal sitio de nado.

Helada y desangelada quedó

aquella rana del parque fluvial

donde fuimos a pasar un día añejo,

trazando dibujos de río,

con nuestras chanclas y manos de nadadores

cruzando la pequeña bahía dirección a la cueva,

debajo de la cascada imponente.

Y desta suerte embebida,

y una merienda comida fuerte,

relamida, con tupper y música de youtube

desde el móvil de mi amiga.

El puente de madera que luego ya no está,

nos hace cruzar con los dedos de los pies

a modo tangencial.

Una vegetación muy mediterránea

y el suelo fluvial repleto de barbos.

Suelo contar cuentos de Sanmaniego

a punto de dormirme a mi mente receptiva,

antes de retozar en las toallas acuosamente arenosas

rodeada de un tumulto de viajeros

que han acudido a Macastre, cerca de Buñol.

En este enclave resuelta la anécdota final

de naturaleza disciplinaria en los recovecos de los coches aparcados.

Nadé con agrado,

recé para que no se parase el corazón de tanto emocionarme,

prometí volver el año que viene

y me despedí alegremente abatida

por una multa.

Divergencias situacionales

que te hacen elegir aquellos momentos

que debes medir valientemente

a la hora de discernir su carácter demasiado arbitrario, o no.

Por fin, todo terminó BIEN.

Esa dialéctica que me suele acompañar sin resuello

a pesar de mis dudas y temores iniciáticos.

Tarde – Poema

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Tarde en plenitud,

tarde en Time-Lapse,

de calor y ambages,

de enseñanzas enmedio del Sol y la soledad de la solitud,

quietud de alabanzas

donde el yo es el protagonista de esta historia

de cariño condicional.

Hay una araña con su tela-madeja

en el centro del patio

colgando de un árbol

metafóricamente extraño

en su vacuidad soliloquial.

Porque nadie parece hacer caso

y parece que todo dé igual.

Entre Mendel y Galdós he pasado una tarde más,

víspera de un agosto que promete néctar y ambrosía

para el intelecto.

Solamente pido tiempo equitativo

junto al saludo amigo

y coloquial.

De un autoaprendizaje.

Gracias, Levante.

La vida al pasar sin ser contada por un reloj

Vive en sí,

y de tanto vive la vida plena

que es como Santa Teresa,

vivir sin él y esperando tan alta vida,

que solo quiere la transcendencia de la misma,

allí donde esté.

Mística aparte, es en realidad,

en el mundo de los objetos, el de la flora,

en el mundo animal, en el de las almas que afloran sinceras y claras

donde acoge su peculiar jardín,

donde rememora, rememora, rememora,

épocas pasadas para mimetizarlas en ésta.

Las muñecas, los bizcochos pegados al papel,

perfectamente delimitados, unos junto a otros,

para tomar el consabido chocolate de taza

de la marca Marfil, de antaño.

Los paseos y los juegos,

con el pecho sacando porte,

no supone el desnorte del presente.

Ya reconciliado,

se echa al mar para alcanzar el cénit prelunar del horizonte en calma

alcanzando, como final, el porche de su casa y llegar a conclusiones

que le abastezcan,

inventándose la vida.

aun con tiburones y fantasmales figuras aleatorias sin vida.

Sidra, champán para celebrar su cumpleaños,

al tiempo que canta la famosa canción de Alicia en el país de la Maravillas, «feliz feliz no cumpleaños…»

El tiempo se alicata y es encharcado en un gran estanque con

cisnes que ya son bellos porque han sido soñados

con simbología onírica froidiana.

El cuervo y los gorriones posados en su ventana,

la claridad lapizlázuli al tragaluz

y el bollicao para merendar con Susana o Fernanda.

en la imaginación reconciliadora.

Lo que pudo haber sido y no fue

se cuenta entre cien folios

de una nueva novela fantástica

que jamás será publicada.

Sin embargo, la tónica y el café,

con moderación, cauterizarán todas las heridas

este primero de mayo,

donde esta vez sí acudirá solo

pero en compañía de todos los trabajadores.

Corta ahora, hoy el césped, poda las ramas secas,

la tierra es despoblada de hojas muertas,

renace una estepa particular,

mezcla de lluvia y ahazar,

mientras canturrea:

«Where can you find pleasure, search the world for treasure
Learn science technology?
Where can you begin to make your dreams all come true
On the land or on the sea?
Where can you learn to fly, play in sports and skin dive
Study oceanography?
Sign off for the big band or sit in the grandstand
When your team and others meet

In the navy
Yes, you can sail the seven seas
In the navy
Yes, you can put your mind at ease
In the navy
Come on people, fall an’ make a stand
In the navy, in the navy
Can’t you see we need a hand»

siendo feliz solo con la autoescucha.

Migrarán las golondrinas

al pasar,

la poesía es ella,

para un buen día navegar en un bajel pirata

que llaman por su bravura el temido.

cazando tesoros de niñez.

Azorín es recreado en cada uno de los paisajes

y El Bosco, con su trifásico,

le recuerda que siempre es primavera

dentro de su particular y anacrónico renacimiento.

Es la vida al pasar sin ser contada por un reloj.

El encanto

De tanto en cuanto, cuento,

cuantas cosas poseo y deseo,

preguntándome si realmente las vivo

o las quiero.

Porque me basta con lo sencillo.

Vívidas sombras de lo vívido mucho más allá del silbido o la peonza,

de la disco o de una ronda,

pretendo olvidar mientras, contigo,

pues, tanto y tanto persigo el equilibrio,

desde la paz del resarcido,

amigo/a de la infancia y la adolescencia

que, a veces, de lo bueno y del presente me olvido.

Donde estés, estará parte de mi alma,

origen cautivo que me desarma

al cabo de media vida,

y tanteo… ¡pues qué encanto!

por la lejanía y la amplia cordura,

que aspiro con nostalgia,

solamente con recordarte.

De tanto en tanto.

Recuerdo aquellos destellos de Sol, hieráticos, salvajes, solaces,

en aquel monte de olivos donde perseguíamos sueños.

Saltando de charco en charco,

flotando de río en río,

en aquel parque fluvial,

donde fuimos un día testigos acérrimos

de nuestra inocencia,

comiéndonos la paciencia,

y el almuerzo

apoyados sobre un nogal.

Entre el lecho verde de césped, pervivía el forraje,

hojas salvajes,

malas hierbas,

caracoles tras las lluvias de primavera,

todo tipo de gusanos caídos de los árboles,

los naranjos florecientes y el azahar embellecedor,

enraizados.

Un rocío matinero

que avistaba una mañana sin contratiempos.

Otro sábado encantador.

El reloj manual analógico en la muñeca,

sujeto a conciencia,

que nos guiaba en un tiempo trémulo y dispar,

al punto de regresar por el mismo camino desandado,

bebiendo de la cantimplora de caucho,

fumando el primer cigarro

sin asperger el humo cincelante,

al tiempo que esperábamos el tren, expectantes,

el de cada hora.

Interminables ratios de lectura

de Mark Twain y Agatha Christie,

de Jabato o de la Patrulla X,

en medio de tenues sombras mezcladas con luz natural,

acometiendo diabluras con lagartijas

y embobándonos activamente con el lanzamiento de piedras de caliza

en el estanque de los patos.

Una piedra en el zapato

y un mesarse los cabellos mojados

después de andar por la espesura

con la lluvia en los talones.

Volvíamos de mil rincones,

y un grupo de gaznapiros bonachones,

de nuestra edad, nos acompañaban

con el humo y el tracatrá del vagón,

de madera de encina,

sin pulir y lleno de carbonilla.

Otro día…

Y tanto

que decirse

solo con una mirada.

De repente,

sonaban las campanas de la Iglesia del pueblo,

tililantes, un run run interminable,

desde allá a lo lejos,

como siempre, a las doce.

De nuevo, sororidad. Después, relajamiento.

El siguiente domingo tocaba nuestra liturgia.

La nuestra,

previo catecismo.

Al tiempo que volvía a chispear

en ese momento.

Aun lo recuerdo.

Qué encanto.

La mayéutica de la poesía post-moderna.

Me han dicho que en un 80% se resume

la historiografía, la mía; de futuro consabida.

Calculando, calculando,

hasta que llegue el renacimiento y un nuevo ciclo;

si yo fuera éter emulgente

me alegraría,

pero no soy aire,

soy humana,

Quien no alcanza su cima

pero la recorre

día a día,

desviando a la diatriba

que especula y que confunde,

cualquier mañana de paseo

ha hecho los deberes.

Muerte ausente

quédate en tus aposentos,

que yo treparé el grandilocuente muro-pared

del palacio simiente

como en un cuento alegre,

donde está la bella dama del medievo,

esperando al amante con su trenza larga

para escalarle.

Hasta el cielo.

La vida puede tener mil formas,

obtusas, rectas, longuilíneas

pero si vences a la espiral

tienes con qué escribir una bonita historia de resistencia.

Pluma y papel se conjugan con holgura,

con complacencia,

con antelación prematura;

pues a todos nos ocurre

que en nuestra inocente diablura,

intentamos trepar demasiado rápido.

Una planta trepadora

y no una escalera vencedora.

Donde a veces hay que retroceder dos peldaños.

No importa, pues, vivir con trabas,

sí evitar el engaño del ensueño del ermitaño;

lo importante es la escalada.

Como dijo Sócrates,

cuando virtud y razón se unen

ya no importa nada.

Más que vivir y aceptar.

Pluma y papel,

escribid, escribid,

la aventura en la apertura

del mundo que trasciende a las sombras

de la caverna

y ve las siluetas

trepando el muro de la esencia.

Con verdadera fortaleza.

Mi planta perenne de un patio cualquiera

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La planta de mi patio está trste,

¿que tendrá la planta?,

pues su tallo y sus hojas

miran varadas

al Sol,

enverada su silueta,

Que le niegan la clorofila,

hermanas sincretas,

savia bruta de mi estampa.

Que la estepa es muy vasta

y adora la sinestesia.

Vete allí con las demás,

y a la floresta y a un jardin mecido

por los cantos sacros y sencillos,

no me seas indiscreta,

En aquel patio raído.

Que te hagan un poema,

lleno de rosas y estrellas.

Homero y aedos,

filósofos y poetas,

desde Sócrates y Séneca,

desde Lorca a Espronceda,

cantadle una nana a mi planta

como a la cebollera

para que no se quede seca.

Mi planta lucha, ahora,

para no quedar yerma.

¿Qué tendrá la planta,

antes tan lisonjera?

Venid, ángeles ascetas,

y rezad por ella

un cúmulo de pasiones

para la fotosíntesis.

Que venga la Luna a la fragua

y el gitano que dispare una saeta.

Mi planta, melancolía y flema,

la planta que no se enreda,

Que no crece,

que se enerva.

Que sujeta el muro

y quebranta a la misma tristeza.

MI planta sincera.

Que pide

lo que no llega.

Un día vencido

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Cambios y sinergias,

dureza en el aprendizaje,

silencios y paisajes,

en esta teneblura

que hago mía

señalando lo bonito

del provecho

del amor y la ternura.

Singladura de lo hecho.

Felicidad sin ataduras.

Aceptar lo devenido.

Estimular el cerebro

y del contexto el contenido.

Repasar en barbecho

y disfrutar del cultivo.

Nadie pide mas que un día vencido.

Soneto de un dia reflexivo

Si un día vi las garras del vil mal,

fue sin querer, espartano luchón

pues en todo existe el mal achuchón

de los sentimientos vanos ramal.

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Si un día exploré la savia animal

comprendí que por un solo mechón

hay saber, el remanente colchón

que al grupo iguala la tela chamal:

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De bondad condición, grande pureza,

versa la pluralidad del sentido

que nos dicta, no al odio, al alma,

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Con los valores aunar la destreza

de un Fuenteovejuna no pervertido,

donde la lucha solidaria es calma




en un campo de amapolas

Autora: Marisa Doménech Castillo

Entre tinieblas, enmudecido,

ví tus zarpas

y ahora que las desilencio,

veo tus alas.

No son negras, como la pez,

pensando y soñando al alba.

Descreído de ti

me fui a un campo de amapolas,

me esperaban Van Gogh y Monet,

a solas.

Vi sus caras y carantoñas

que esgrimían festejos

donde las tornas.

Les pregunté: en este campo…

existe el soma, el amor lánguido,

las buenas personas.

Soñando estás, me dijeron,

despierta, caracola.

Que el mal endulce tus luchas

como las flores tus turbas.

Desperté,

seguí solo,

las alas de las mariposas

eran celestes, pluricromáticas.

Nada había que temer

más que a la verdad,

que a veces se santigua,

otras, otras es de cal.