La poesía de aquella tarde inesperada, siempre velada, siempre tendida, como la mano que escribe, pintando situaciones todavía.

Photo by Flo Maderebner on Pexels.com

En los albores de mi alborada bonita

encontré un lugar recóndito y acompasado,

donde los pasos del tiempo ni eran mirados.

En los albores de mi lontananza perdida,

allí, entre regias espigas y adoradas flores migradas,

de la ciudad al campo trasladadas,

encontré a la madre tierra y a la Pachamama.

Allí, donde los corazones son de tierra mojada por un río multiversal y ascético, diversificante, encontré mi nido, donde anidar y oler el viento sumergido.

Entre arroyuelos, pinos y ardillas,

a lo lejos, suspiraba la hortiga, el pececillo gris y el cangrejo,

suaves aleteos de mariposas y avispas suicidas

y un gran ojuelo, hoyo como pozo de agua sacramental,

en lo hondo y profundo de mi alborada bendita,

repleta de musgo y una cierta apatía.

La gente pasea de día, de noche, cantan tonadillas.

Los mercados se nutren de especias, vino y entretelas,

ornato del vestido vendido y regalado ardiendo de comercio vecino.

Un lagarto se cruza sobre mis pies,

una golondrina clama a la bandada que se contornea al envés.

Los perros son paseados por dueños ataviados con su chándal

y sus zapatillas de footing.

Una vez vi a la luna a las diez de la mañana,

atenta, con su mirada de tornasoles azules como estrellas del alba

que se acuestan tarde en noches de picos pardos.

También maúlla aquel gato que se esconde del ruido trasiegante,

como si fuera un silbido sibilante de aves que migran a la Albufera o quizá a Doñana, lo que que quedó de ella.

Sé que una tarde retrobaré al trobador,

al poeta y al hombre cantautor,

lejos del mundanal ruído se yergue el monte,

con los animales nocturnos,

cigarras cantando frente a la lumbre.

Sé también que un día seré madre del polvo yermo

sucedáneo de aquel retoño que nunca tuve el placer de conocer,

mientras me esperan sin pedirme nada a cambio mis libros

y un poema, cualquiera, siempre fiel al atavío de la fiesta de las guirnaldas del verano cercano. Hasta que te pueda ver, sol temprano

y renazca un esperanto de amanecer.

Siempre supe que aquí pasaré largo tiempo,

esperando el socorro de tus labios,

el frenesí de un abrazo que aun no se atreve a pronunciarse.

Siempre tuya, vida celante, esperanza tardía y un renacimiento nada prosaico, todo poesía.

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