Aporías resolubles

Photo by julie aagaard on Pexels.com

Cuando las flores renazcan entre el haz del arcoiris,

tras la lluvia de verano,

será mi momento crucial.

Cuando el Sol y la Luna se encuentren bajo el eclipse definitivo,

será el momento de llorar lo incólume,

si todo fuera como una feria de amapolas y estrellas

me transfiguraría en un cometa

y me transportaría desde el viento Céfiro

a una isla desierta

donde el pan y el vino son por fin amigos de cualquiera.

En el ratio de mis idas y venidas

dentro del Eros y del Tanatos,

noté que la espiga dorada y curtida

me clamaba paz y alegría,

comiendo los panes y los peces pescados en un río bravo,

el de mi osadía.

Cuán osados son los sueños policromados

que me regaló la suerte y el esfuerzo, mezclados.

Se quemó la envidia, los celos y el odio en una pira,

en la que Torquemada pidió perdón por sus azarosos y furibundos trazados feudales.

Cuando yo sea el propio ramo de aquellas violetas y margaritas

que enderezan los prados y los caminos,

cuando sea la misma luz que mi pupila atisba,

allá en el campo,

y el divino tesoro sea descubierto

por un pirata patapalo,

en la nave de mi viaje,

quizá en otra vida, conozca bien a la gente buena

siendo todos ellos y yo un susurro de aire,

de cantos y danzas medievales tardías

y nacerá la poesía de nuevo,

como Rousseau tanto quería,

el clima se apaciguara,

los pliegues y las arrugas desapareceran en un circunspecto círculo

contra las ruedas de las fortunas.

No verán mis ojos la piel que me circunda

como si fuera el cincel de una puerta oxidada,

la que se cierra desolada,

sino la entrada, oh, aquel acceso denostado otrora,

ahora admirado y que me guía.

Cuando todo esto pase

encima de una cornisa lluviosa,

ácida y agreste

y un nuevo renacimiento proclame la nueva era de la verdad,

entonces y solo entonces, lloraré de emoción sincera.

Para que los pájaros y la culebra, sean por siempre hermanos,

para que el bosque no señale oscuridad y los búhos no sean los vigías del miedo, sino seres sintientes que solo otean atmósferas de maravillas y oportunidades, avisando de futuras festividades florales, como en los tiempos remotos.

Quizá el sueño de la razón ya no produzca monstruos

y, por contra, sí felicidad

a partir de todos los manantiales de la riqueza colectiva.

Así, la aporía de Aquiles y la tortuga se volvería tan lógica como admirable

porque se restituiría el problema, finalmente.

Todos los sofismas y paradigmas, cuando las predicciones se hicieron materia presente, se tornaron a su lugar de origen,

para no molestar al intelecto, a la belleza, a las ciencias y a las artes.

Aporías resolubles.

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