Poemius visita a Lecturian: historia de amor taciturno pero ilusionante.

Iris, me soñaste y te soñé un día de otoño, de esos que arden dentro de las fuentes secas y las aguas turbulentas de un pasado mediocre y anodino que ya no aguarda. Los peces, nadando como tú. Siendo vosotros, especies mimetizadas, fiel mirada cristalina en un estanque de hielo candor en el que te percibo, cruzando siempre hacia arriba, hacia un cielo añil de pistacho y galletitas de pienso. Y, sin embargo, cuánto amor te prodigo, cuánto te quiero y te querré, si te digo, en armisticio, que el sueño fue limpio, que yo quitaba tus espinas clavadas y tú lamías mis tristezas plegadas y torpes, con esa destreza que da el amor verdadero y esencial. En la biblioteca de la vida te he leído, representada por sempiternos perros de otros, en el campo de mi olvido te he desenterrado enmedio de otros duros huesos, contenta de tu felicidad desde un cielo cetrino y brillante, lejos del mundanal ruído. Juntas, rememoramos a las abejas, los pájaros y a los grillos, los que tanto perseguiste, educada y buena por dentro; y, por fuera montaraz y agreste, como una montaña ligera y tan fuerte, que se apresta a permanecer siempre. Junco de mi corazón, mar de alborada, bosque verde que calma mi encrucijada, solo con recordarte. Iris, santa, azabache y blanca, suave suspiro de algodón y porcelana.

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Cuando el Sol refulge más allá de tu ventana y la mañana canta compases de riachuelos y caminos entreverados, el verso versado, es el mejor amigo para expresar la diletancia alejada. Y, cerca, muy cerca, está el río. Con el brío de los patos y gorriones sigo estando vivo. Una viveza que apresa el viento sutil que acompaña, a esas veredas de lactancia. Como cuando eras niño, dueño de tu exuberancia. Mas, no niego que un día cualquieram aprese con mis manos las nubes y las guarde en un canastillo.

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Y si todo fuese un rayo, carallo, de lagartos en lagos prendidos. Monaguillos de comer dulce y salado que portean el cepillo. De una ilustre ermita amurallada, hecha de alabastro fino encerrados todos y hallados en un dulce cuento chino. Que la naturaleza escruta, de vigía, un molino. Aquel de cuyas hogazas y panes ácimos llenamos la panza en ese picnic de añoranza. Contaba un día la historia que la ciencia la buscaba. Allá por el norte aséptico cruzando el charco, a un lado el Pacífico y, al otro, el Atlante asolado de miraflores y gritos, henchidos en su balaustrada. Me tiembla la mano, encuadernada de mariposillas sin alas junto a las setas de otoño mohinas, tan monas ellas. En corrillo leíamos cantando en la vereda, los niños. Conociendo a Lorca, jurando complacidos que un día seríamos pueblo, como el ilustre dramaturgo y poeta. Mientras, la Luna llega a la fragua. Con su polisón de nardos, observándonos cuál asceta. Y el maestro, sonriendo. Dando sentido a la vida.

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En lo más profundo de una micronaturaleza sináptica, sincrética, inocente, está mi esencia, luchadora, candente.

Dulces presagios de plantas simiente, escucho a grillos, pájaros y el maullido de un gato.

El cielo agreste, y no sé por qué, un perro llorando. Creo que aúlla a la Luna, más allá de su soledad de vigía.

A lo lejos aún los carros de estrellas volatineras, las más tardías en irse al firmamento adorado, se marcan una estela invisible, incapaz de acogerse a los brazos.

Río y me sonrojo azorada, pero feliz en mi lactancia en la Vía Láctea, ficticia en mi añoranza, real en mis cuitas, porque sé que un niñito imberbe va a nacer durante la Epifanía. Pronto reinará la luz y una esperanza tardía.


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