Como en un sueño

Photo by Vlad Cheu021ban on Pexels.com

Los niños jugaban embelesados dulcemente entre la escarcha y el rocío de la mañana. Abocados a sus hormonales procesos derivados del complejo de castración, mejorando aun más, gracias a un Eros y a un Tanatos tempranero los complejos de Electra y de Edipo y toda suerte de leyendas urbanas, dictadas, parecía mentira, a un mismo nivel semántico y de repercusión, los juegos intercambiaban otras miradas. La fenomenología teoricista o, mejor dicho, la que fuera pseudoteoricista era confeccionada por y para universitarios primerizos que estudiaban poco, hija de la ciencia, el arte y el saber pardo que los hijos de los agricultores habían heredado de los labriegos, habiendo sufragado, éstos, los gastos de una educación elitista en el colegio de turno, con la trascendencia que da el poder de la tierra en propiedad, ganada a pulso y con la esperanza puesta en un cambio de vida para futuras generaciones de psicólogos, abogados, profesores, constructores y agentes de la propiedad inmobiliaria, por ejemplo. Pero la mayoría se esforzaban y estudiaban de verdad. Un grupillo intelectual que tenía piso en la capital o vivía en un Colegio Mayor y volvía solo en vacaciones.

Hacía un frío que pelaba y desde lo alto de los cigueñales que había en algunas plantas bajas, arriba, parte en el exterior y parte en la repisa que se contenía algo menos dentro de su correspondiente desván, el humo de las chimeneas coloristas se unificaba práticamente, con las crías de las cigüeñas y con los sones de los rezos marianos. Puesto que el colegio de monjas, no podía ser menos y pedía su personal dedicación laboriosa. Ubicado en la calle que daba a la plaza, más allá del camino que conducía al polígono industrial, mucho más grandioso y prolijo en edificaciones que el mismo pueblo.

Las aceras se encontraban mojadas, llenas de insectos pisoteados y papelitos, pero semienterrados por capas blancas y transparentes, como si emularan a films de plástico helado o papel de plata, protectores, esto es, en realidad, una helada prominente en toda regla, expuesta a la merced de la suciedad mezclada con agua cristalizada, basura, serpentinas, cristales rotos en algunos tramos, y la decrepitud posterior del musgo de las baldosas, consecuencia de la verbena de navidades de la noche a anterior. El ayuntamiento podía permitirse pagar a una empresa subsidiaria procedente del pueblo casi lindante, que traía barrenderos y personal de mantenimiento. Las cosechas de naranjos, cebollas y melonares, parecían ser provechosas.

Todavía, Urbania, era considerada una pedanía de ese otro pueblo de honores y de pleitesía al que rendía ese municipio pequeñín, estructurado en tan solo cinco o seis callejuelas y una principal, donde el Templo, construido a base del orgulloso esfuerzo de sus habitantes otrora muy antaño, había aspirado con creces a ser la capital de comarca, en tiempos de la maricastaña. Muchos ancianos nostálgicos aun no lo habían podido olvidar y por ello, existía una eterna rivalidad casi condal entre Urbania y Capitolio.

Una estatua, que bien se consideraría memoria histórica a derribar, hoy en día, convivía cerca de la fuente con la piedra hecha de barro y esculpida a modo de listado, imponente, sacra, secular podría decirse, y que ponía nombre a lo que todavía llamaban caídos, enraizados unos con otros, perdonando causas y omitiendo consecuencias funestas, fuera el origen y la historiografía de vida que hubiesen llevado existencialmente.

Las tiendas de frutos secos una, otra, un supermercado, primer Charter de su década prodigiosa, afloraban al mismo tiempo que el Sol se elevaba intentando derretir el vaho gélido y la ventisca sepultada en los altillos de las ventanas y los soportes de las puertas, a modo de nieve poco espesa y ocasional, lo de aquella jornada singular.

Conjeturas de los más viejos del lugar, corrillos, cigarrillos al suelo, no industriales, hechos de semillas, poleo y tabaco natural, conjuraban, al mismo tiempo, las inocentadas perpetradas al humor de las fiestas patronales convertidas en recuerdo de un septiembre que se reconoció como el punto de apertura del final de una España vaciada. Esas eran las cábalas y conjeturas que se decían y desdecían unos a otros, por fin. Qué bien. Llegaría la lozanía y la buena educación reglada a arreglar lo del médico rural, que venía cuando podía. Además, se contribuiría a rejuvenecer al lugar, pues solo moraban cinco o seis niños chicos. Contados con los dedos de una mano. El fenómeno prometía recuperarse conjuntamente con el otoño venidero recogiéndose, todo ello, según se auguraba, del proceder de un gentío variopinto y pijete, ávido de cierto turismo rural enjuto y pletórico, es decir, el propio de aquellos naturalistas osados de los noventa finales, que buscaban esa sencillez que solo otorgan las poblaciones con fondas y árboles centenarios, partidos por rayos y que mecían a los buhos y lechuzas nocturnas, con rayones de enamorados, con sus respectivos corazones cruzados por flechas de cupido que esculpían los nombres de novios y novias, con procesos de diez años de noviazgo, haciendo más ágil aun dicha composición de lugar, pues como un renacimiento tardío se hacía renacer resurgiendo lejos del mundanal ruido en espera del progreso. Y de nuevos dineros.

Cerraban el pueblo, cercenándolo fatigosamente, las bajaditas y las subiditas, del extrarradio, la Avenida llena de olmos del centro, el cuartelillo a la derecha de la carretera adyacente, el otro colegio público, en competencia con el privado concertado, que reunía a curas, maestros, y monjas, todos juntos y abigarrados, como en un mosaico paisajístico de diversas ideologías que convivían sin inmutarse apenas, tan solo, cuando llegaban forasteros esporádicos. Casi por casualidad. El entramado estaba alto, como cúspide el pico de un peñón, emulando a montaña pero más señorial y escarpado.

Humos de cigarrillos acaudalados, entremedias de abrigos de visón y gorras de Blackberry atenazadas entre canas y relojes Citizen, los matrimonios jóvenes acompañan los debates, casi escépticos no sin cierto estoicismo, pareciera ataraxia estacional, ante los cuchicheos y chascarrillos de las mujeres especiales que hacen las comidas siempre a su hora. Como si les fuese a faltar la benevolente costumbre y reprimieran un especial déficit de cariño.

Siempre avisté a los pájaros sin sus jaulas, no los de la tía María Auxiliadora. Esa mujer salvaba animales malheridos, abandonados, o los que le regalaban los que se cansaban de ejemplares ruidosos. Las malas lenguas decían que escondía un oso en el corral, viéndosela azotar el suelo con zotal y regando las gramíneas y giospermas con cariño. Incluso se rumoreaba que comía ratas y hacía conjuros con sapos y culebras, que conocía el Necronomicón español, y que se iba de akelarres de vez en cuando, cuando todos dormían. María la Galana, pa los conocidos del municipio, sito en la vera de una río sin caudal, instructor de ranas, peces pequeños que son comidos por las truchas, con sus huevas, e irrumpiendo el solomillo del entrepán que todos comían cuando visitaban el parque fluvial, ahora convertido en avistamiento turístico adelantado a su época.

De eso y de más cosas hablaban los mayores y adultos del lugar, al tiempo que los chiquillos sacaban sus Scalextric y sus coches teledirigidos, porque dicen que las buenas costumbres jamás se pierden.

Las fábricas de cemento y de terrazo fino, al son del buen patrón y al tanto de ubicarse en un monumental polígono de otras tantas minifactorias, enjutas, unas edificaciones junto a las otras, de hermanos y empresas familiares S.L., solares a medio apuntalar mientras se vigilaba la explanada por los de seguridad, despertaban, como digo, de un fin de semana previo a la Navidad, más movidito de lo habitual.

Todo el mundo había comprado lotería y se había atrevido a jugar sus cartas en la tasca, o jugado al dominó bebiendo carajillo, excepto ellas. Los más jóvenes y las más jóvenes se iban al pafeto de Capitolio.

Pronto se celebraría la misa del gallo, la de a doce, no escatimando detalles, regalos y contubernios varios típicos de las fechas señaladas.

Y, tal y como os narraba, el río seguía creciendo debido a las lluvias y a una ciclogénesis inhóspita, repleta de sorpresas y de granizo, de aquella mañana que había resurgido entre tinieblas de neblina.

Las puertas, algunas pocas, solamente, las que se codeaban de pertenecer a la barriada de las cuevas, eso sí, surtidas de pozos y de luz corriente en el interior de tales reliquias históricas, pasado en mano y difícil de olvidar, aun llevaban la llave entreverada en su cerrojo correspondiente. De nogal noble, otras de pino, otras de metal siderúrgico importado del norte.

Esa mañana también cayeron algunos copos, y la gente salió a celebrar la formación de hielo en el suelo de las calles, abarrotadas de uas pocas familias que no sabían muy bien qué hacer frente al candor del dios Odín enmarañado de exotismo nórdico, al aunar, de igual modo, los tebeos y cómics de los más chicos, con los de un Thor ensalzado y venido a más, seguramente extraído del baúl de los recuerdos de su padres.

La Iglesia transitaba al fondo, de arte funcional, un tanto gótica, pero solo adustamente, representada por algunos elementos arquitectónicos copiados de la catedral, con sus pizarras y caravistas a modo de paredes, mayormente y, por dentro, adornada de oro fundido gracias a la dote y las joyas de muchas mujeres de la post-guerra que lo dieron como concesión tributaria fundacional, hace años también. Alguien, algún seminarista de los tres que pernoctaban, hacía tañir sus campanas a los fieles cuyo sacerdote tenía la costumbre de pasar lista de sus parroquianos no fuera que se quedara sin ocupación, más tarde o más temprano.

«Antón, Antón, Antón Pirulero… cada cual, cada cual, que aprenda su juego… y el que no lo aprenda pagara una prenda…, cantaban los muchachines, a lo mejor acordándose de los niños de San Ildefonso de años anteriores, un 22 glorioso lleno de materialización de illusiones encontradas.

Los bancos, de enfrente del mercado cubierto, hecho de piedra caliza, yeso y cemento grueso, que conformaba el asueto de los negocios principales del pueblo los sábados por la mañana, u otros días escogidos para mercar las mercancías, y ciertas denominaciones de origen, conservaban su adustez, con materiales clásicos y adornos adosados a los laterales esbozados a través de la cerámica valenciana, muchos de los mismos, representados por motivos cultos, por Sorolla, las playas, la paella, el azahar y las fallas.

Y, sin embargo y a pesar de las visitas, nadie había conseguido nunca localizarla en un pequeñísimo punto en el mapa. ¿Existiría, realmente, Urbania?

Anuncio publicitario

2 comentarios en “Como en un sueño”

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s