El amor de amigo es utopía

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¿Qué sucede con la empatia y la reciprocidad? ¿Qué pasa con demostrar demasiado en público nuestras emociones verdaderas, póngase como ejemplo el rubor, la vergüenza, la envidia referida, o los celos demostrados científicamente, o delante del espejo?

No, esto no es un ensayo. Es una historia utópica, una reflexión acerca de todo aquello que hemos ganado renunciando a algo, o quizá, demostrando lo contrario de lo que se siente o de lo que se piensa.

Me llegaron tus últimas noticias, de lejos y solapadamente, era igual que si hubiese que hacer implícito un adiós no producido nunca.

Adios, si, a nuestras conversaciones acerca de si conductismo radical u operante o tal vez, cognitivismo de tercera ola con todas sus variabilidades y novedades a relucir en una sociedad que ostentaba estadísticamente un incremento brutal de las enfermedades y los transtornos mentales, tras una crisis existencial como la del Sars Cop II.

Me contaron que te iba muy bien. ¿Dónde la franja en la que se empezaba a notar el distanciamiento observable a primera vista?.

Tus viajes, tus amigos, camaradas, familia, estaban ahora fuera del contexto y la contextualidad antaño vibrante en frecuencia similar.

Si, ya me habían avisado de que nos encontrábamos iniciando la era de Acuario hace ya cinco años y que tanto el bien como el mal se amplificarían sobremanera, a diferencia de una incertidumbre demasiado inesperada y cruelmente depositada como procedente de un dios que pareciera jugar a los dados, cosa que el propio Einstein ya quiso desmentir por si las moscas.

Ni siquiera te despediste en modo semejante a lo que los clichés y los estereotipos demandaban de cara a la galería, no, al menos, como para poder echártelo en cara cuando hubiese que proceder. No fue menester. Yo ya me encontraba en otra onda y conocía sobradamente el mindfulness y la meditación, practicaba pilates y yoga y leía muchísimo, mucho más de lo políticamente correcto. Puesto que, había tiempo para acaparar ratios interesantes desde varios frentes, uno de ellos, el intelectual.

No te echo de menos, como amiga sin derecho a roce, lo que éramos entonces e instauramos durante casi once años porque apenas tenía tiempo en horas y en minutos, en días y en años.

Después de cuatro años del diagnóstico de cáncer, no me importaba mi vida anterior, actualmente, justificadamente considerada anodina al lado de la tranquilidad en el campo, aun cuando la política y la ansiedad laboral me hacían equipararme al resto de los mortales en aquella época.

Espero que tu paso por la existencia disciplinada y rigurosamente científica desde el punto de vista materialista, ideológicamente asumible como la única posible, de entrada, no te haga dudar, como a mí me ha sucedido.

Hasta siempre, no sin antes decirte que en Navidad tampoco te cogeré el teléfono a tí y a tus amigos.

Freud me perdona mi falta de insidia en el estudio aciago del que tanto hablamos y reproducimos en la forma de debates experienciales basados en el estudio empírico de hechos, situaciones, pensamientos, actos, estímulos y otras alegaciones que bien podrían haberse tenido en cuenta de haberte ayudado en tu teoría pragmática basada en los apuntes del PIR y de críticas puntuales a ciertos puntos álgidos y estrátégicos de la carrera que provocaron un trabajo de investigación que jamás me divulgaste taxativamente en un vago intento de querer acercármelo a mi nivel neófito.

Perdóname si pienso, que en nuestro caso, el amor de amigo es utopía.

Siempre quedarán los buenos recuerdos y siempre quedará París.

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