Personajes mitológicos modernos. Por un plato de lentejas o de cómo adaptarse al entorno ciertos personajes cotidianos en situaciones especiales.

¿Y si la vida fuera un frenesí, una quimera, una ficción, un sueño, donde los sueños sueños son? Pero… no, amigos, la vida es real como su sustantivo mismo indica.

A veces, andaba con sus chanclas roídas por el rasero del viento incolume para la mayoría, no para él. Pasaba frío con su perro de raza desconocida, tan pegado a su cadera y lomo, como una almohada. Apenas rozaba la puerta del comedor social, pues habían unos requisitos. Tampoco solía dormir en albergue, por lo general, aun cuando el frío arreciase el aire diáfano y vacuo de una primera invernal. Pero la vida continuaba.

La señora Miralles, viajaba por el Trópico de Cáncer muy alejada de su patria natal. Había llegado, inclusive, a las mismísimas antípodas, a una Australia de fauna exótica, arriesgada y trepidante, antiguo penal de convictos historicistas, donde los aborígenes debían de buscarse la vida, día a día, tan solo unos pocos habían logrado destacar en un mundo multipolar cambiante y transformador por necesidad. Ella, vestida con su regalado pañuelo de tul y seda, su vestido entallado, recto y acampañado sobre sus rodillas, cercenaba una rosa por el camino, camino de su casa, victoriana por dentro y por fuera, de caramelo cual gratificara así a sus admirados de la niñez, Hansel y Gretel, ahora demasiado rimbombada, pisando fuerte por la vereda de su jardín con unos zapatos de Manolo Blanick y su bolso de Prada, imitación, no todo era oro, lo que relucía por casa. Tenía hora en la peluquería de alto standin sita en la calle Afrodisíaco número trece. Sin mala suerte que guiarle, solo que muy sola. A pesar de su adinerada posición social, se resarcía bien de los moscones casamenteros, o mejor dicho, los susodichos cazadores de fortuna, a quienes veía venir con su mirada de lince tan gatuna como su rimel y su boquita de piñón carmesí acristalada, como cada semana que le hacían un trenzado para lucir como las chavalitas de la inter, que cantara en otrora década La Mode, chicas que «juegan con aros en gimnasios vacíos, hay chicas que miran tu mundo desde prismas lejanos, hay chicas que viven en torres donde no hay escalera, hay chicas de cristal bohemio con ojos violeta…». Solía cantar canciones de juventud tardía sofocada por un sol procedente de la placa solar, desayunando encima de un mantel de hule carísimo, con dibujos de blackBerry, y lo hacía devorando ensaimadas de la confitería-chocolatería Mrs. Famous, escuchaba a los más famosos celebrityes de Instagram y se divertía con un Tik tok de fábula, donde todo era posible, excepto la sinceridad programada en pocos minutos de oriunda existencia digital. Deseaba que llegara el Multiverso, la era de la robótica y sustituir a su criada -ella la llamaba, cuando estaba con sus amigas fastuosas, la chacha Paqui- por un robot doméstico japonés, tipo Groove X, de esos que ni rechistan y puede que con el tiempo se sumen a las Tres Leyes de la Robótica perpetradas por el gran Isaac Asimov. La vida la perseguía en medio de sus osadías de adolescente engreída y descreída, a su vez. Esperando a ese don Juan del Barroco, próximo a la galantería menos gigoló posible, caso imposible, éste último, por culpa de los convencionalismos sociales y el qué dirán sin eludir, eso sí, la doble moral oculta, si se terciaba, pero en la intimidad, siempre.

Fausto, lejos del mito que le encumbraba etimológicamente, era amante de la numismática y los sellos, nada que ver con un padre alcohólico con transtorno border line o límite, que había conseguido impregnar de miseria de por vida a una madre de postguerra, demasiado ocupada en sacar adelante a cinco hijos escuálidos, los que habían logrado sobrevivir a la hambruna de las cartillas de racionamiento y a la soledad de la viuda sin pensión, excepto un par de mellizos, trabajando de sol a sol en el campo del tito Julio, el que prestaba de vez en cuando a los que no podían permitirse un aval o poner en juego su nómina o su casa en propiedad. Ella, ex estraperlista, sabía lo que era comer las sobras de los demás, incluso las del gato siamés encontrado con una pata quebrada en el barranco de los Humedales de la Tierra descompensada. En sus ratos libres, rememoraba la II República, con carteles pegados con celofán en el dormitorio de los secretos, a donde nadie había osado colocar la pisada, además de cantar la popular y revolucionaria, el Himno de riego, tan morado y nostálgico. Gracias a su madre coraje, hoy en día, Fausto era un reputado abogado en un bufete de prestigio, tras superar su etapa de pasante y agotar la beca del Estado. Iba cada domingo a ver a su madre querida a la residencia de mayores, sita en la plaza de las Trincheras número 36. Le regalaba canónicamente bombones Ferrero Rocher. La mujer le sonreía, al único que se había preocupado por su figura ralante en la vejez postrimera, al único que le había dejado herencia.

Ella, la chica boom, de nombre incontestable, indefinido, inmemorial, trabajaba de animadora en cumples y ceremonias familiares, en ocasiones, cámara de trípode en mano, arrastrada desde la decrepitud de una marca demasiado clásica pero todavía eficiente, Cannon. Las fotos, otras veces, se hacían con la polaroid, herencia de su padre, fallecido en circunstancias poco esclarecedoras, quizá por un ajuste de cuentas en los estertores de los suburbios de la capital de provincia más cosmopolita del país. El país de las maravillas sin cartas ni reina de corazones. Sin conejo del tiempo, sin ceremonias rituales de felices no cumpleaños, sin el gato Shesire de Alicia detrás del espejo, un gato enigmático y preguntón, Risón, para los amigos de casa menos anglosajones. La vida pasaba deseando que llegase el finde con la cocaína por emolumento circunstancial, donde los domingos, tras una juerga demasiado underground y sicodélica para la epoca actual, carecía del reguetón y la bachata de salón, algo más refinada, pues se había encabestrado en el pasado de los veintitantos. Aun cuando las canas secas y acidulantes, de fino hilo de damasco blanco, empezaban a hacer su aparición haciéndola dudar de si tinte químico o gena vegetal. Garnier iba a resolver sus disquisiciones. Pasaba la vida sin pasar, solo transcurría en Stand By como cuando los gatos realizan fugaces y episódicas persecuciones a por raspas dentro de los cubos de basura. Algunos la llamaban la Chica Gato, precisamente, por sus ojos violeta y achinados y parecía, se sospechaba, poseer una doble vida a partir de las dos o las tres de la madrugada, algunas veces al mes, alimentado el espíritu de Nefertiti, su diosa secular y sincrética, ancestral, amancebada con un Anubis, mitad chacal, acostado sobre su estómago como símbolo arquetípico animista, cuando su otra parte se conformaba a través de un gran cánido negro en su lado superior. Decían las malas lenguas que se transformaba en las noches de plenilunio, tal si emulara desde distinta naturaleza pero algo pareja al licántropo Rosamanta, para ser más precisos, Manuel Blasco Rosamanta, de nombre completo. La tachaban de bruja y ocultista, aficionada al cuidado de los chakras y a la práctica solapada y ocelosa de las diferentes mancias existentes. Cuántas veces había llamado a Apolo para que le descifrara sin chistar el famoso Oráculo de Delfos. Todos los días, cuando podía disponer de mayor tiempo libre y no había bautizo, boda o despedida de solteros, echaba la baraja, preferiblemente el tarot de Marsella, si bien, los más osados prefirieran el Necronomicom. Cuando no podía pagar al casero se marchaba a otro piso de alquiler compartido. C’est la vie, se lamentaba, viendo la ocasión de prosperar en alguna de sus vertientes artísticas, algún preciado e inesperado día de azar, donde la Rueda de la Fortuna girase más rápido. Y menos mal que ya no existía la inquisición, solía repetirse solemnemente para consolarse, los días que no le llegaba la recaudación. Se sacó la carrera de psicología por la U.N.E.D, aunque tardó seis años. No paró de ejercer de meiga de la adivinación, una vez satisfizo una de sus verdaderas ilusiones, el academicismo y la metodología del conocimiento epistemológico. Al tiempo que comía pizza y comida italiana, de facto, además de sopa china de dos euros, cuando no podía dar más de sí.

Aristóteles solía decir, por si dudaban, y cito textualmente, «El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona».

Así como Santo Tomás de Aquino intentó demostrar la existencia de dios desde la filosofía algebraica y cientifista, asegurando que existe una separación entre dios y el mundo, haciendo del mundo una realidad contingente, esto es, y dicho a mi manera, lo que entiendo como contrario a lo palpable, tangible y realista, esto es, no necesaria, y que depende de dios, único ser necesario, a través de la demostración por las Cinco vías, para llegar a una conclusión certera, veraz, también afirmó que la existencia se encuentra por encima de la esencia.

Dijo, pues, con otro ejemplo pragmático, Sócrates, que la envidia es la úlcera del alma. Como antítesis, de la esencialidad, cito con lo que a Camús se calificaría de gran aforista con esto misma sentencia, tan interesante, tanto, como tantas otras suyas:

«Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizás sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga».

Yo, por otra parte, considero que los personajes de mi cuento solo trataban o bien, de encontrarse a sí mismos, perdidos entre la marabunta de las experiencias, o de sobrevivir en la vida material. Algunos, incluso llegarían a ser felices en algún momento de sus existencia unipersonal. Quizá espiritual si traspasaron alguna vez, el muro de la Caverna, el de las sombras, como nos enseñaría Platon.

Eso es todo. Pensar es gratis y leer, barato. Gracias.

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