El encanto

De tanto en cuanto, cuento,

cuantas cosas poseo y deseo,

preguntándome si realmente las vivo

o las quiero.

Porque me basta con lo sencillo.

Vívidas sombras de lo vívido mucho más allá del silbido o la peonza,

de la disco o de una ronda,

pretendo olvidar mientras, contigo,

pues, tanto y tanto persigo el equilibrio,

desde la paz del resarcido,

amigo/a de la infancia y la adolescencia

que, a veces, de lo bueno y del presente me olvido.

Donde estés, estará parte de mi alma,

origen cautivo que me desarma

al cabo de media vida,

y tanteo… ¡pues qué encanto!

por la lejanía y la amplia cordura,

que aspiro con nostalgia,

solamente con recordarte.

De tanto en tanto.

Recuerdo aquellos destellos de Sol, hieráticos, salvajes, solaces,

en aquel monte de olivos donde perseguíamos sueños.

Saltando de charco en charco,

flotando de río en río,

en aquel parque fluvial,

donde fuimos un día testigos acérrimos

de nuestra inocencia,

comiéndonos la paciencia,

y el almuerzo

apoyados sobre un nogal.

Entre el lecho verde de césped, pervivía el forraje,

hojas salvajes,

malas hierbas,

caracoles tras las lluvias de primavera,

todo tipo de gusanos caídos de los árboles,

los naranjos florecientes y el azahar embellecedor,

enraizados.

Un rocío matinero

que avistaba una mañana sin contratiempos.

Otro sábado encantador.

El reloj manual analógico en la muñeca,

sujeto a conciencia,

que nos guiaba en un tiempo trémulo y dispar,

al punto de regresar por el mismo camino desandado,

bebiendo de la cantimplora de caucho,

fumando el primer cigarro

sin asperger el humo cincelante,

al tiempo que esperábamos el tren, expectantes,

el de cada hora.

Interminables ratios de lectura

de Mark Twain y Agatha Christie,

de Jabato o de la Patrulla X,

en medio de tenues sombras mezcladas con luz natural,

acometiendo diabluras con lagartijas

y embobándonos activamente con el lanzamiento de piedras de caliza

en el estanque de los patos.

Una piedra en el zapato

y un mesarse los cabellos mojados

después de andar por la espesura

con la lluvia en los talones.

Volvíamos de mil rincones,

y un grupo de gaznapiros bonachones,

de nuestra edad, nos acompañaban

con el humo y el tracatrá del vagón,

de madera de encina,

sin pulir y lleno de carbonilla.

Otro día…

Y tanto

que decirse

solo con una mirada.

De repente,

sonaban las campanas de la Iglesia del pueblo,

tililantes, un run run interminable,

desde allá a lo lejos,

como siempre, a las doce.

De nuevo, sororidad. Después, relajamiento.

El siguiente domingo tocaba nuestra liturgia.

La nuestra,

previo catecismo.

Al tiempo que volvía a chispear

en ese momento.

Aun lo recuerdo.

Qué encanto.

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