Costumbrista

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Como todo en la vida, la vida pasaba. Pero menos audaz, mas lenta y longeva en aquellas plantas bajas de piedra secular, de ladrillo, de madera de roble, envejecidas, enjutas pero tan bellas como el vino añejo de tantos años de elaboración artesanal.

En algunas zonas del pueblo, ya prácticamente despoblado, existían casas cueva, edificadas específicamente para evitar los bombardeos de la Guerra Civil, antaño. Aglutinadas como si tal cosa, como emulando sin saberlo a los adosados modernos pero revestidas de hormigón o piedra dura. Con tejados ideados con recubrimiento hecho con tierras de desmonte, en los que se podía cultivar algún fruto de la tierra pertinente, plantas principalmente. Claro que éstas fueron reconstruidas aprovechando las que ya había y por ello estaban algo apartadas del resto de casas viejas. El ambiente era fresco y adusto con pozos en su interior para el abastecimiento de agua potable. Algunas quedaban en pie aun perfectamente conservadas. Era curioso para algún niño nieto de oriundos que se trasladaba en verano a visitar a los abuelitos que solían descansar a puertas abiertas en los portales con sus soportales hechos de un material resistente al agua de lluvia. En invierno, apenas se notaba el frío dentro.

La plaza era redonda, milimétricamente redonda y tan chica que solamente la adornaban en derredor unos pocos bancos, de piedra también. Desgastados. Con alcornoques y pinos plantados en simetría radial con el centro, donde se reunían el alcalde y dos concejales, ubicación sencilla y más funcional, construida hacía pocos años, mejor dicho, remodelada según los tiempos de ahora. Sin embargo, pronto iba a convertirse aquel lugar en una pedanía perteneciente a la capital de comarca. Se puede imaginar un espacio recóndito en el mapa ilustrativo de los pueblos del éxodo, donde trajinaban en sus pequeños huertos un centenar de personas no llegaba, entre padres, hijos, hermanos y primos. Toda la población prácticamente sobrepasaba la edad de cincuenta y tantos.

Un gato seguía la ruta del celo de la gata de turno en la esquina donde se encontraba aparcado el camión de suministro de alimentos básicos puesto que la tienda era toda una institución en quesos y embutidos, leche recién ordeñada que embotellaban a mano, dos o tres mujeres con granja, sacos de grano y despensa de horticultura. Poco más, junto a los típicos cereales y la fruta fresca de la Engracia y su familia, que sí que se dedicaban a la distribución para algunas determinadas empresas de almacén de temporada.

El médico rural les visitaba cuando podia. Aun cuando no solían ponerse enfermos y además cumplían todas las normas higiénicas y epidemiológicas. También acudía el transportista de material de farmacia dos o tres veces por semana, por lo general, con todo el utensilio necesario. En cada casa no faltaba un botiquín de primeros auxilios. Por si las moscas. Caídas, heridas de caza, de los aperos al ser manejados y ese tipo de cosas. Todo el mundo, es decir, los de los pueblos del contorno decían que era un milagro que jamás se hubiese detectado ningún caso de Covid, allí en Camalascón. Que se supiese. Los camalasconenses no las tenían todas, por supuesto, y con la debida cautela actuaban en consecuencia.

En la puerta de su casucha se encontraba repantigao el Pancracio, arrejuntao con la parienta y un hermano más mayor, que estaba inválido y ciego. El problema principal era que ya entraban en edad de sosiego y aun se requería fuerza física. Lucas, el médico rural hacía lo que podía, también acudian los enfermeros una vez al mes, salvo llamada de urgencia, para revisar la invalidez y el estado de Paco.

-Hoy no va a llover. Malo pa los trigales. Aquí el secano es lo que tiene. Que de vez en cuando tien que caer algunas gotas, Ya hace, ¿cuánto, Paco? Tú que ties los sentios más desarrollaos…

-Dentro de dos jornadas o tres, lloverá, Pancracio. Te lo digo yo. Las piernas se me hinchan y no es por palos, jajajaj, Además, la brisa que trae el Cierzo no es pa Sol,

-Que dios te oiga, Paco. Que dios te oiga.

-Mañana viene la chica de Fulgencio, Rosa. La que tiene una nieta muy salá que siempre le gusta correr alrededor del trigal y coger las espigas. Se ve que no tiene colegio en unas semanas de puente. O yo qué se. Aquí las fiestas no se celebran. Yo estoy encomendada a la Pilarica, De toa la vida y ya está, Que me he pasao toa la vida cosiendo para los demás. Y los días de pleno al campo -señaló muy directa Gloria, la mujer de Pancracio.

-Pues la niña es un sol. Pero le dan miedo las abejas. Le enseñó Pepe los panales de lejos, y marchó corriendo con su madre a casa. Se equivocó de camino y se fue por el sendero de gravilla, el que da a la vieja fábrica. Dos horas buscándola y por fin se nos ocurrió que podía estar allí. Menudo susto aquel día.

-Esos niños de ciudad. Que sabrán dónde está el norte y el sur. Eso no se enseña en los colegios como aquí, muchos mapas de esos pero también se apañan con GPS. Ni te cuento -dijo Pancracio- como haciendo una crítica constructiva.

El sol se puso definitivamente y el horizonte temblaba de aire movidito. Quizá no, lo más seguro era que iba a llover dentro de nada.

-Habrá que recoger lo segao. Mira tú, como nos apañamos aquí. Sacad los chubasqueros y las botas. Lo que dice Paco va a misa.

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