El retorno de las cartas amigas

Dedicado a los nostálgicos de lo clásico y de la historia.

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Estaba el guerrero de las cruzadas nuevas, conformadas en un extraordinario suceso bélico y beligerante, hecho virus contagioso, comiendo en La Posada de Lady Marie.

Al fondo del conjunto de mesas apiladas en filas de a cuatro, cada una detrás de la otra, se encontraba la cocina. Con pucheros y sus artilugios, con mucho respeto para los soldados, se estaba preparando estofado de venado.

Era un restaurante de corte gótico y neoclásico en la fachada, de formas estilizadas y rectas pero por dentro distinto, con algún que otro toque vintage, los colores denotaban una especie de partida de ajedrez, cromatismo en blanco y negro, especialmente propiciado para el escenario visual y decorativo.

Había muchos soldados y guerreros sentados pero guardando la distancia de seguridad. Con las máscaras puestas y quitadas solamente para ejecutar el acto biológico de llevarse un bocado, despacio, sigilosamente, degustando con esa quietud que da la prudencia comedida. Apenas se escuchaba murmullo de conversación, la concentración estaba dispuesta en el contorno más inmediato a cada luchador. Respetando a quien tenía al lado.

Como un estilo que nunca pasa de moda, el cool de la luminosidad, lo demodé hecho diseño, incluso las tendencias de cocina recordaban a aquellos tiempos de medievalidad donde los corceles aparcaban en las caballerizas y los uniformados soldados se dirigían a su sitio puesto a su divina disposición con el escudo todavía en una mano y la espada en la otra, esperando el devenir de la rueda de la fortuna, como el tópico más importante hecho paradigma secular. Era por ello, que también existía una ubicación especial al otro lado, separado por un tabique de madera corredero donde se podía jugar a las cartas. Las cartas amigas. Fundamentalmente las del póker. Se podría considerar un vintage remezclado, fusión con los años 30 y 60 recostumizado a través de otros elementos ornamentales a juego que recordaban una venta de la Alta Edad Media en un condado cualquiera de la vieja Europa monárquica y feudal. Que cómo lo habían conseguido sus dueños, pues que se lo pregunten al maestro arquitecto y decorador de interiores Sir Loren de Flaubert. Apellidado igual que el famoso y prestigiado escritor de siglos posteriores a dicho contexto histórico. ¿Nombre artístico? Nadie lo sabía a ciencia cierta. Las estanterías cobraban un protagonismo especial. Do It Yourself. Amigos de las cartas amigas y de su retorno. Otros, sin embargo, preferían la baraja española, como buenos compatriotas. Objetos sostenidos, colgantes del techo y de la pared, con sus vigas de madera avejentada y el reciclaje de utensilios de utillaje antiguos o repintados como si rememorasen, a su vez, la cultura naif. Filosofía Slow Life por todos los costados y los sentidos. Para revivir tesituras con calma, en un momento de revulsivo. Y de cierta desestabilización. La gente venía allí a relajarse, a darse una nueva oportunidad, previa cita previa, valga la redundancia. Con un aforo más que limitado por las inclemencias epidemiológicas. Todo lo retro que se podía alcanzar como secuencia para la posteridad, recreada en las fotos de la cámara del móvil que luego se subían a las redes sociales. Sin embargo, había quien prefería para inmortalizar momentos insondables cámaras digitales de última generación, los menos, se conformaban con una gama intermedia representada por las reflex y csc, básicamente, por calidad-precio, relación sensata, sin ir más lejos, para una amplia mayoría de usuarios.

Hasta tres vigas en el centro del restaurante, equidistantes pero milimetricamente medidas, encontró nuestro héroe particular, hechas de ladrillos superpuestos recordando a la caravista.

´-La ambigüedad, señores, recreamos la ambigüedad en estos tiempos que corren porque de lo que se trata es de amar la composición, no solo el menú, ejem- solía decirles el dueño, Fernando de la Vega, reputado restaurador, su legado ya procedía de un vasto imperio de restauradores reales. -Eso sí, en este reino de Taifas, se puede incluso pagar con cheque al portador, jajajaja- sonreía divertido- aunque lo mejor es pagar con tarjeta, lo recomendamos encarecidamente. Esto es ni más ni menos, la deconstrucción, si hace falta sometida a procesos químicos a partir de productos frescos del campo o de granjas veganas, si hace falta, para luego reconstruir nuevas realidades. En cuestiones de estómago ofrecemos unos servicios de gourmet similares o análogos al sentido y a la esencia de la decoración, junto con una serie de actividades programadas, que han sido estudiadas pormenorizadamente y que dan sus frutos económicamente hablando, a pesar de la pandemia. Fíjese que tenemos incluso menús para parados. Y los bocadillos y los platos combinados de carne, huevos fritos, embutidos y verduras, que no queden. Hoy disponemos para nuestra audiencia de un plato muy especial junto con el postre de tarta de arándanos al amor cortés: el venado estofado con salsa de puré de almendras. Rodeado de frutas silvestres de origen anglosajón, en concreto de la antigua Sajonia. ¿Qué le parece, amigo? -le confesó al guerrero que portaba un antifaz negro por debajo de los ojos que le cubría nariz y boca, ligado por cordeles atadados a las orejas. -Perfecto, jefe, todo según me lo habían contado. Hasta me he traído mi cámara nueva. -Oh, qué descortés he sido, pero siéntese, por favor, allí mismo tiene una mesa para solitarios. Porque he comprobado en la lista que no espera usted a nadie. Ejem. Entonces, tenga usted buen provecho y sea muy feliz. -Con gusto, jefe.

Aqui, los muebles eran un ornamento imprescindible, así como las estanterías verticales de pared, cuyos recovecos contenían obras y volúmenes antiguos, que se prestaban para ser devueltos previo alquiler por horas, como fragmentos de las tablas de Gilgamesh, se entiende que una copia, pero tablas al fin y al cabo, u obras de la Renaixença en catalán antiguo. Había retazos de jarchas, y una deliberada producción de manuscritos medievales, tales como el Amadís de Gaula, o el Cantar de Roldán, otro anónimo pero de origen francés. Se leían alrededor de los retirados pasillos que circundaban todo el recinto de cabo a rabo, de orientación rectangular, dejando un poco de espacio a la disposición del conjunto del mueblario comensal y entrecortados en alguna de sus partes por las estanterías de pared. Los sofás eran de scay, así, tal cual, de color negro y abombachados. Recordando a los despachos de los años cincuenta, un tanto minimalistas pero tocados con lo justo e imprescindible, acompañados en su trayectoria vectorial por mesitas de noche con su lamparita de alógeno, cuya luz blanca ayudaba a diluir la lectura a través de las pupilas, sin que sobreviniera un cansancio demasiado prematuro dentro del sano ejercicio de la inmersion cognitiva aplicada a la asunción de historias y datos, mentalmente sincronizados por las neuronas y la parte del hemisferio izquierdo. Entramado neurálgico y neurológico encargado de iniciar un proceso cuya ruta se inicia, dicen, en el lóbulo occipital. Esta es un área que dicen los expertos y los neurólogos que es capaz de procesar los estímulos visuales y reconocerlos, como las caras y las formas, baste de ejemplo pragmático.

Pero lo que sin duda tenía muchísima aceptación eran las partidas de cartas en el receptáculo del juego medieval. Solo había que cruzar el tabique hecho puerta corredera. El único fallo, según el decorador, habia sido no colocar un tabique de cemento o de un material que permitiera la insonorización, con el objetivo salubre de evitar molestias a los comensales.

La sala de cartas era todo lo más rústica que te pudieran echar a la vista. Pero tan burdamente encantadora como encantados estaban los jugadores, quienes tenían prohibido apostar por decreto ley, ya conocido, y también como medida disquisitiva y taxativa de la casa.

Habían dos grupos: los pocketeros y los barajantes de cartas españolas.

Luego existía un tercer grupo más minoritario, los que jugaban a las damas y aquellos duchos en el noble arte del ajedrez.

Los contemplativos que solo querían tomarse un vermú o una cervecita de barril se depositaban con sus rendidos cuerpos en un eterno e inabarcable sofá-cama extensivo a modo individual pero que delineaba longitudinalmente el salón pegado a las paredes, un habitáculo en forma circular.

Todos se acompañaban unos a otros protegidos por la distancia prudencial e impregnándose constantemente de gel hidroalcohólico, la mayoría con los guantes puestos cubriéndose las manos.

Pronto se daría el toque de queda y a las diez se cerraría La Posada de Lady Marie. Y las vidas colectivas dejarían de serlo para reconvertirse en anodinas almas de su padre y de su madre, directos al hogar. Tras haber pasado una divina experiencia, se dirigían en fila a los vestuarios, siempre con impecables medidas higiénicas sofisticadas de limpieza del tacto y desinfección de los disfraces.

Sin embargo, Fernando de la Vega, el dueño, igual de orgulloso que de preocupado, se despedía casi al borde de las lágrimas de emoción, rayando un paroxismo contenido, porque era muy feliz pero sabedor de que, en cuestión de días todo podía volverse en un impasse, a la espera. No obstante con su buen talante y sonrisa campechana no perdía nunca la esperanza. Al igual que los que repetían a la semana siguiente.

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