Estudiando el colegio decroli, en madrid

Photo by Bas Masseus on Pexels.com

A Madrid me fuí tras dejar el pueblo de Benaguacil.

Desescolarizada a la edad de 14 años por mi padre,

que en paz descanse y que obtuvo mi perdón

en el hospital Quirón de Valencia,

debido a un tumor cerebral,

el traslado fue rápido y desnortado,

casi no pudimos respirar.

Como prófugos en derredor de la vigilancia imaginaria y también objetiva,

comprendimos las niñas, sobre todo yo, que debíamos continuar

el trasiego desparramado de la vida.

Pero lo que pudo haber sido lodo transmutó en felicidad.

Plena, pletóricamente organizada en el Colegio Decroli,

laico, elitista porque cuidaba a su gente,

donde todos presumian de que había estudiado el solista

de La Unión y donde el basket cobraba un especial protagonismo.

Todavía recuerdo a Antonio Tobar, siempre intentando dejar de fumar, el de biología, a Pepa, la de literatura,

a la profe de música con sus dicciones de piano,

y donde intentábamos averiguar con cada tecla las notas del pentagrama.

Especialmente recuerdo a Belén Clavero Cuervo, a Esperanza, mi mejor amiga, la llamábamos cariñosamente La Tronka, la heavy, la Rockera, a las Gemas, con Gema Silva me llevaba mejor que con Gema La Torre, a Pilar Paniagua,

a Eva Lara Martinez-Falero, y a todos los amiguitos al completo, de primero de B.U.P,

un curso que tuve que repetir sin conciencia de culpa,

por una extraña tesitura de la vida

que no me dejó ciega.

Cómo Madrid acoge, cómo me quisieron sin condiciones,

cómo era una madrileña más,

como cuando íbamos a Hipopótamo

a los garitos de El Parador,

en los sótanos cantábamos:

Anclas clas, palanclas clas,

azules, les y blancas cas.

Nuestra consigna de amor y pasión

de pubertad sibilina y dulcificada

en getos de lógica natural muy apreciada.

Tras vivir cerca del Retiro,

quedé definitivamente a vivir

en una calle adyacente a Guzmán el Bueno,

donde el colegio

y con el Corte Inglés muy cerca, en Princesa.

Fue toda una experiencia hasta que de nuevo

me obligaron a irme. Todos acongojados,

pobres diablillos, los niños,

los niños de alma de tigre y de tigretón

y de galletas Artinata

que solíamos comer en conjunción tras la salida de las clases

en el banquito de enfrente de la entrada.

El pabellón de baloncesto era grande.

Veíamos a los niños jugar con maestría de estudiante de primera.

Para las clases de Atletismo nos íbamos a ValleHermoso.

Yo cogí 1500 metros lisos, fondo o semifondo, mejor dicho,

cuando la mayoría eligieron 100 metros, vallas o longitud.

Así me fue la vida, como una princesa

en una ciudad encantada pero auténtica,

comprando en el Rastro los domingos,

viendo el estreno en la Gran Vía, en un cine,

el estreno de Stop Making Sense,

de los Talking Heads,

observando y sintiendo mis propios movimientos

en propias carnes,

ya que todos bailábamos con el culo pegado a la silla

las canciones que embelesaba David Byrne.

Y así me fue la vida.

En la mejor ciudad del mundo.

Que me adoptó como a un bebé.

Photo by Olenka Sergienko on Pexels.com

Estudiando el colegio universo

Photo by Thought Catalog on Pexels.com

Con el dictador en ciernes y en las últimas,

existía, érase una vez, un colegio laico pero mistificado,

semirreligioso donde no se había instaurado todavía La Lode.

Donde los curas y las monjas ayudaban a encarrilar,

donde se podía pegar un poquillo pero con cariño,

sin dañar. Las heridas venían de otro sitio,

de arriba mismo, del fascismo y la falta de libertades.

Los profesores eran amigos, incluyendo a los religiosos,

tratamiento inclusivo que no amordazaba la realidad

que circundaba por todo el pueblo, un municipio feliz en su

trasiego fundamentalmente agrario y del sector de la construcción.

Donde aprendí a leer con cinco añitos recien cumplidos

y escribía en las cartillas de Rubio, aprendiendo desde el clasicismo

retomador en una transición al por mayor,

Donde escuché

con mis primeros cafés prematuros

para estudiar sin esfuerzo inopinado

a Led Zeppelin, a Stevie Wonder y la Motown resistente

y al Rock Sinfónico y Progresivo

con unos entrenados oídos.

Si por mi fuere,

aquellas tinajas antiguas

inmersas en aquellas ruinas de solar,

en una cueva en la pared,

para deleite de arqueólogos,

hubiesen sido mi tesoro

de piratas patapalo

con las naves desguazadas casi,

y con una vela en dirección a la aventura de la vida

soportando el mástil de la amnistía

y una calavera blanca sobre fondo negro.

Cómo a los niños pequeños se nos tenía en gran estima

con bollicaos y sumas caricias,

de vecinas y corrillos a la puerta de las casas

sin necesidad de llaves protectoras.

Un pueblo protectorado

y un colegio adiestrado,

donde también comprábamos en el horno de Sunsi

y en la carnicería de Enrique.

Con mi perro Colau a todas partes, tiempo después,

querido por todos por su sencillez,.

Si. Un pueblo sencillo y consuetudinario

donde aprendías a querer.

En el Colegio Universo

fue donde me saqué la E.G.B

con notables y sobresalientes

gracias a la figura del maestro.