LA ENCRUCIJADA

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Atravesaba una encrucijada de caminos imperturbable, como si jamás cambiase nada en el tiempo y en el espacio, mientras se diversificaban en su mente diferentes proyecciones. El bucle continuaba incesantemente y no tenía cabida el miedo. No se lo podía permitir. Mejor aun, no debía permitírselo. Por un momento se acordó de aquella película norteamericana, El Show de Truman, para realizar un singular paralelismo en esa tesitura tan incómoda donde la homeostasis no se rompía bajo ningún condicionante, premisa, estímulo, motivación… También se acordó de repente de la cinta peliaguda, La Escalera de Jacob, pero no sabía por qué. Imaginaciones suyas serían.

¿Cómo cambiar cosas tan desagradables, sin pervertir el realismo de su rutina diaria? ¿Cómo resultar auténtico ante sí mismo, cuando muchas veces no hacía lo que quería y otras, sí? ¿Cómo dilucidar una esperanza difuminada como si fuese el horizonte que se aleja cada vez más de la orilla? ¿Cómo irse de aquella casa en plena pandemia? ¿Cómo encontrar trabajo? ¿O cómo afrontar el divorcio de su mujer sin que tuviese que pasarle una pensión a sus hijos y a ella?

Todos y cada uno de los interrogantes que le surgían le sobrevenían siempre de forma taciturna, como ser noctámbulo que era, fundamentalmente por culpa del insomnio, solía repetirse para justificar su déficit de sueño. Por el día, lo que solía hacer era visitar de vez en cuando a algún amigo para solicitarle algún préstamo pequeñito.

Al cabo de un tiempo consiguió un trabajo de camarero. Lo de la oficina ya resultaba un elemento exógeno, eliminado incluso de sus recuerdos, no voluntariamente, todo había que decirlo. Sin embargo, los traumas eran acuciantes, sobre todo, cuando dormía y en determinados momentos de no plena consciencia.

Aquel padre, aquella madre… no podia aceptar un destino similar para él.

No quería acabar como ellos. No quería volver a ese pueblo de la letanía, donde el mar no tenía frontera, ni afluentes, ni siquiera la corriente paseaba inundada de aire ventoso, o de chubascos, en aquel mar, sí, donde había muerto tanta gente. Aquel pueblo de pescadores invisibles.

Despertó y bebió un vaso de agua de un solo trago. Estaba sudoroso y pálido. Incluso le pareció sentir fiebre. Una falsa alarma. Pero sí se habia contagiado de algo, quizá fuera la gripe, quizá, dios no lo quisiera… En esta época del año, las enfermedades respiratorias estacionales estaban en pleno auge.

Se preguntaba cuándo le tocaría otra vez la otra vida. Hoy había despertado en el jardín de ensueño, donde las enfermeras le curaban su adicción al tabaco. Una residencia para mayores. Mejor dicho. Y pronto vería a su Cati, renacida gracias a la sonrisa oportuna del encuentro esporádico pero deseado fehacientemente. A sus ochenta y ocho años, no parecía tener importancia su enfermedad degenerativa. Estaba muy bien atendido. Y resguardado del bicho. Ese mal bicho que había entrado sin preguntar, como elefante por cacharrería, cruelmente, sentenciosamente en las vidas de la gente.

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