a cronec le gustaban los caballos

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A Crónec le gustaban los caballos. Ese nombre se lo había agenciado para sí. Le gustaban de todo tipo y condición, de cualquier origen geográfico, de cualquier dueño aunque solo fuese para admirar con ojos de deleite a todo amigo equino: caballo árabe, frisón, pura raza española, Akhal-Teke, caballo lusitano, castellano, caballo peruano de paso, purasangre, caballo miniatura, cuarto de milla, caballo cartujano, Mustang, caballo Appaloosa, Percherón, caballo criollo, caballo hannoveriano, Morgan, Paint Horse, caballo Falabella, Shire, caballo Tennessee Walking, caballo Clydesdale, Lipizzano, Haflinger, caballo azteca, Poni de las Shetland, caballo islandés, etc. Había tantas razas y especies y subespecies atendiendo a su origen geográfico y a otras características y rasgos intrínsecos, que poco podía hacer más que envidiar los de la raza española teníendolos presentes, día a día y no sobre meras fotos o vídeos de internet, libros de clasificación del reino animal especializados… Vivía en una cuadra y era cuidador de estas mascotas nobles y obedientes que aprenden muy rápido sus quehaceres, muchas veces, de forma poco ortodoxa, es decir, al precio de las drogas, en el caso de los caballos de carreras o potingues energéticos, otras, a través de órdenes poco secundadas por el respeto y el cariño, a puro trancazo, como en algunos circos de antaño.

Le dejaban vivir en la cuadra a cambio de mantenerla limpia, vigilar y limpiar la caballeriza del propietario de la finca, el señorito Sebastián, quien gozaba de la capacidad de hacer alarde y requerimiento de los mejores caballos de estirpe purísima española de toda Sevilla, y si era menester, negociar fuera del territorio autóctono, incluso de España. Para traer ejemplares, unos para las carreras, otros para la doma, donde participaba en certámenes, otros para las carreras de saltos de obstáculos o, ya sabéis, jinetes en plena actividad competitiva de equitación. Otros, sencillamente para labores del campo y los preferidos no usables para nada más se los quedaba para uso y disfrute. Quizá fuese uno de los mayores coleccionistas de caballos del mundo. Grandilocuentemente queda dicho pero sin ánimo de parecer pretencioso, sino humilde y sencillo, no fuera que don Sebastían le echara a patadas de allí, no cejaba en su tarea de hacer propaganda a todo el mundo de los maravillosos y adiestrados ejemplares únicos y exquisitamente velados. Por su parte, don Sebastián, hacía lo propio según su clase, con supremacía de status y con la ayuda del título nobiliario que le acreditaba dentro de una estirpe de rancio abolengo emparentada de lejos -eso le gustaba instar a los lugareños y a los criados- con la casa de Alba. Ni más ni menos. Tal cual se solía presentar a sí mismo como el Marqués de Caramé de la Jarcha, el reforzatorio era el nombre de la finca: la Jarcha. En honor a la insigne e ilustre estrofa medieval que creía pertenecía al mester de Juglaría, o al de Clerecía, bueno, tampoco estaba demasiado seguro. Así que para explicar el origen etimológico del nombre del terreno en propiedad, solía acudir a una nomenglatura diferente, o Juglar, o Clerical. Según se acordase.

Tono, o Tonín, como solían llamarle fuera de sus parientes lejanos a Antonio Guzmán, de broma, su señor le llamaba «El Guzmán de Alfarache II, pícaro por honra y fama en toda la región». Y luego se descojonaba delante de los invitados. Así de largo el apelativo, ingenioso, no le cabía a don Sebastián la menor duda de su perspicacia.

En una ocasión, el bonachón de Tonín, tras proceder a cepillar a Cotarelo, el favorito de los paseos de su señorito, no se acordó de colocarle las espuelas para frenar imprevistas reacciones asustadizas del animal, bien por las inclemencias del tiempo, bien por obstáculos naturales propios del área geográfica en derredor de la hacienda. Cuando terminó de arreglarlo, le dió una palmada en el culete al animal y éste relinchó con una significancia cómplice, pues ambos se amaban como ninguna relación existente de interespecies amigas lo hubiesen prodigado en el conjunto de su existencia dispar y no equitativa, Satisfecho, el animal se fue acercando a su dueño, atraído por el arrastre suave de la correa colocada en el cuello que le propinaba Crónec o Tonín.

Aquella mañana trágica, sucedió sin previo aviso ni consuelo para su cornuda viuda, doña Mariselles de Planchet, la que verdaderamente gozaba de plata y bienes administrables en lo material. Porque la hacienda de don Sebastián la gestionaba en usufructo, si bien, los caballos era lo único que poseía, gracias al dinero de la madame francesa de origen de hasta al menos tres generaciones, hija de condes y nieta de condes y bisnieta de condes. Muchos decían que desde la Reconquista. Las malas lenguas que llevaba la ensuciada y mestiza sangre de los árabes de los antiguos reinos de taifas reconvertidos al cristianismo. Eso decían.

Al entierro fueron tan solo los más allegados. Nadie quiso interrumpir los llantos de las plañideras de turno, entre viejas alcahuetas del lugar, criadas, doncellas, damas de compañía, la aya de los dos hijos del matrimonio… Su viuda, permanecía con el rostro impoluto y obtuso, sin apenas mostrar ningún rictus de dolor.

Tonín seguía en la cuadra arreglando a los caballos. El sí hizo una mueca de relajamiento impropio de su temperamento laborioso y activo. Mientras se frotaba las marcas en la espalda de los latigazos. Incluso se atrevió a mirar hacia arriba, al cielo dador de favores, sonriédole tímidamente, mientras sonaban las campanas de la Iglesia de San Facundo el Dadivoso, a pocos kilómetros de allí.