Tú, el buen amigo

Tú, el buen amigo, ¿qué te digo?

Que sigas pretendiéndome en tu estilo,

dignificando a las mareas,

que no por escuetas son mejores en sus remolinos,

sino que confrontan al ser ambivalente,

dudoso y esquivo,

y en su encallar topando muros y diques de contención,

otras veces, solamente,

lanzan cables bonitos,

para que podamos asirnos a las cuerdas

que nos lanzan bravos navíos.

De no ser así, dulce narciso,

confidente en mil litigios,

ahogaríamos la sed en el vasto océano cautivo.

Tu, mi buen amigo.

Nunca jamás te dejes llevar por el destino.

Porque nada está escrito.

Arrópame en tu abrigo,

y deja tus pieles de cáscara de nuez

para el enemigo verdadero.

Ese que no avisa en sus potencialidades

y es traidoramente mezquino.

Y te encierra en refugios de inquilinos derrotados.

De tus portales se dulcifica la sangre

que roja, nada en las venas y arterias

de tu sagaz memoria.

No me olvides,

cántame nanas de Poseidón

en aguas turbias y abisales.

Nunca te des porvencido en la solidaridad

de la costumbre y de la rutina,

Porque así te lo digo,

mi buen amigo.

El poeta lo entiende mejor,

en su grandioso arraigo tradicional.

Nos encontraremos inmersos en los clásicos

y en el resurgir del recuerdo de las vanguardias rusas,

surrealistas, bretonianas y pletóricas.

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