EL GUIÑO DE ULMARAN DESDE LA TRASTIENDA

Nelson Mandela

¿Qué por qué me llaman Ulmarán? Ni mi propia entidad lo sabe. Lo que sí sé es que soy de los resistentes, forjados por la fuerza reconstituyente conformada por una especie de resiliencia bastante personalizada. Buscaba una vida mejor, muy alejada de la confrontación gubernamental con la población civil en mi país.

Nací en 1960, en medio del goteo fulgurante de la lluvia de la desigualdad africana, siendo implicado mi espíritu indoblegable bajo teletransportación de supervivencia por entre una gran espiral de ébano y algodón, impulsada por los vientos Céfiros, que me condujo hacia un entramado voluntarista pero acogedor, en comparación con mi niñez y adolescencia, llamado Norteamérica, en concreto a la isla de Manhattan. El gen ulterior del capitalismo, transformado desde el libre cambio al mercado monopolista, que declamaba desde sus labios acotados en su propio universo proteccionista la desarrollada consigna del Sueño Americano, se convirtió en mi pequeña y prestigiada tabla onírica de salvación.

No quise vilipendiar esta oportunidad y, es por ello, que pronto renuncié a reunirme con mis hermanos negros en el Bronx, Brooklyn, o el grandioso Harlem, y desde aquí, impulsar la promoción de inspirarme a partir del jazz y el saxo, asistir a una misa góspel, tomar un brunch en uno de sus famosos restaurantes, recorrer la Avenida Malcom X, entrar en el Teatro Apollo y toda la parafernalia positiva y tradicional, siendo el camino más fácil de transitar y por el contrario, el más inseguro. De igual modo, deseché emborracharme después de fundirme con los sabores y olores campestres y urbanitas del mundo transversal literario y real de Tom Sawyer y de Hukleberry Finn, en aquella odisea montaraz y clásica, ubicada en el Mississipi profundo, de enormes vericuetos sinérgicos, costumbristas y de raigambre espiritualista.

Empecé a vivir realmente. Lo hice en un principio como fregaplatos, rodeándome de riqueza y bagaje comercial desde mi yo observador, y desde la diferenciación de origen y de clase. No me importó.

No os lo había dicho pero soy mujer.

Quería que conociérais mi honda esencia connatural, un poco antes de sincerarme con una audiencia autóctona no siempre fiel a sus principios, quizá temerosa, bien sea, por desconfianza hacia el extranjero, o hacia lo desconocido, o bien, porque también lo pasaba mal, con sus pequeños y/o sobredimensionados problemas sistémicos. Una cosa sí tenía clara: la gente llana, los trabajadores y los emprendedores genuinos, son buenos y carecen de esa maldad consabida que suelen poseer quienes les dirigen. Y aunque yo misma trabajase de fregaplatos y limpiadora, jamás dejé de creer en la bondad del ser humano y en el buen acogimiento que siempre me dispensaron los vecinos y amigos no oportunistas. Los blancos de buena voluntad también, que entre la gente, eran prácticamente todos, eso es, gente del pueblo estadounidense, teniendo en cuenta el contexto en el que me encontraba inmersa. Luego se ganarían las luchas en la calle, ya consolidadas, respecto del movimiento pro derechos civiles y contra el racismo que databa de los sesenta. Se puede decir con precisión, que el pueblo norteamericano y sus heraldos trabajadores me recibieron con absoluta normalidad, salvo algunas localizadas excepciones, que siempre las hay. Apoyándose la gesta de la liberación en la figura y posteridad en el recuerdo de Martin Luther King.

En mi país, Sudáfrica, existía un Apartheid cada vez más radicalizado y despótico. Era la década de los sesenta y un tal Nelson Mandela surgido del paroxismo revolucionario que luchaba por los derechos de mis compatriotas y por la libertad, sobrecogía a la gran burguesía, atomizada pero que se unía cuando la insurrección y la disidencia se radicalizaba y haciendo movilizar a la ciudadanía negra y a los blancos justos. Aunque posteriormente, fue confinado a la cárcel por largos años, la batalla que dio y seguiría dando después Mandela, no fue en vano, como tampoco mi vida.

En los ochenta me trasladé a Nueva York y enlacé con intelectuales y autores artísticos pertenecientes al movimiento de la lucha antirracial, logrando publicar libros bajo un seudónimo: Berni Bryan. Mi identidad real no salió del todo a la palestra, aunque mis libros se leían por un grupo extenso de fieles  a la causa. Lo logré gracias a una editorial de literatura independiente, tras costosos esfuerzos de todo tipo, también materiales y económicos e impedimentos de la autoridad competente en forma de investigaciones acerca de si realmente estaba realizando actividades que reflejaran enfrentamiento con las enmiendas legalistas de la Constitución. Yo siempre lo negaba. Igualmente, he de decir que siempre aparecía alguien por detrás que me protegía de esos desencuentros y me resguardaba, si, desde la trastienda.

UN DIA EXTREMADAMENTE ALARGADO POR EL TIEMPO, EN MI NECRONOMICON PARTICULAR, INTEGRANTE DE MIS PRIMEROS 20 AÑOS DE EXISTENCIA.

Yo, Ulmarán Bombasa (apellido de mi madre), nací en Pretoria en 1960. Soy mestiza, parte de mi familia era descendiente de afrikaners holandeses y, la otra, proveniente de Senegal, ambos linajes unidos por lazos consanguíneos buscados.

Desde mi más remota infancia padecí en propias carnes el acoso desaforado del proceso continuado de segregación racial surgido en 1947 por imposición del Partido Nacionalista afrikaner. Su consigna fundamental: “El hombre blanco debe ser siempre el amo”.

Tuve la suerte de que algunos miembros de la parte blanca de la familia sostenían cierta relevancia social. Era por parte de padre. Así que teníamos una asistenta de raza negra que ayudaba a mamá en sus labores. Mamá, fiel y bello reflejo del ébano, no podía trabajar por ser de ese color, y estando casada con quien estaba, a pesar de haber estudiado la carrera de maestra infantil. Corrían rumores entre las amistades de papá, de que mientras mi madre y yo viviéramos protegidas por la voluntad absoluta de mi padre, no nos sucedería nada. Mi progenitor era catedrático de Universidad o un cargo análogo de Estado, no lo he sabido nunca a ciencia cierta. Papá era muy pudoroso a la hora de revelarnos información personal acerca de lo que hacia realmente.

Me adoctrinaron en el sistema reputados profesores particulares e hice los exámenes a distancia. Sabía tocar el piano, recibí clases de solfeo y refuerzos en diversas materias en las que destacaba notablemente. Papá no quería que me mezclara con los niños de los colegios públicos para negros pobres, pero tampoco que entrase en un colegio de abolengo afrikaner, así que me lo tuve que tragar aun sin entenderlo.

Fuí educada en medio de una grandísima paradoja: en el convencimiento de que los blancos y los negros no tenían los mismos derechos. En cambio, me sentía relegada y confinada a mi propio hogar endogámico, siempre disfrutando de grandes lujos. Esa inexplicable contradicción me iba dejando vacía por dentro y enormemente confusa. Nosotros vivíamos en un vecindario de blancos. Y los negros trabajan de sirvientes o en tareas de mantenimiento en aquella zona residencial. Empecé a creer que papá se avergonzaba de nosotras. Más tarde he sabido que esa posición partía del error. Siempre que salíamos lo hacíamos con la protección de papá y bajo su exclusiva compañía. A las fiestas en casa acudía mamá también, a sabiendas de que, en alguna que otra ocasión, algunos invitados la habían tratado con una pose, otros eran descorteses o irónicos, sin desdeñar la sutileza, lo cual entiendo que para mamá debía de ser humillante. Sin embargo, mucho peor hubiese sido de no estar él sin quitarle ojo a mamá. Yo tenía vetado bajar al salón.

Luego empecé a entender mejor a medida que pasaba el tiempo y fui convirtiéndome en una adolescente-mujer, hasta la llegada de mi ruptura etiológica, con tan solo veinte años.

Logré deducir de mis reflexiones internas, y tras valorar el sistema educativo y academicista, que no se daba a nivel de cátedra oficialista, ningún tipo de información de Africa y Sudáfrica anterior a la llegada de los europeos. Y más siendo los afrikaners de origen holandés, la clase que detentaba el poder y controlaba la administración e instituciones asociadas al Estado. Tampoco de la realidad de cómo éstos llegaron y colonizaron la zona, a no ser por todo lo referido a las batallas históricas, repetidas hasta la saciedad, a modo de macgufinn.

Ni qué decir tiene que había libros prohibidos, música prohibida, etc.

Un mal día, con mis dieciocho años a cuestas, murió mi padre de una enfermedad coronaria de larga duración. Cuando mamá se dirigía al sepelio, no en coche oficial, como hubiese sido lo riguroso,  siendo la esposa de quien era, sino andando conmigo, situación que aceptamos sin rechistar, fue víctima de una atrocidad que no tiene nombre, si no es fascismo. Y del más duro. En una calle apartada que servía como atajo, paseábamos Sharia, mi madre, en compañía de la criada y yo, cuando cinco individuos encapuchados le propinaron a mi mamá una fortísima paliza que la dejó muerta en la acera, delante de nosotras. Luego, la escupieron encima, yéndose lo más rápido que pudieron, y sin dejar rastro. Fue un ataque selectivo. Ni a la criada ni a mí nos tocaron. Sin duda, la conocían y, con toda probabilidad, la barbarie que acabábamos de ver provenía de una “orden de no se sabe quién”, llegaríamos a interpretar Sarabi y yo.

Mi padre que me había declarado usufructuaria mientras él viviese, evidentemente, ahora ya no podía evitar que los bienes en su totalidad pasaran a un hermano suyo, quien, compadeciéndose de mí, estaba dispuesto a tenerme en su casa, no como una criada merarmente, sino como dama de llaves, y dama de compañía para su madre, mi tía-abuela. Disfruté de todas las comodidades al alcance de él y su familia.

Al cabo de dos años había visto de todo, menos cariño de verdad, tan solo compasión: cómo me hablaban como sirvienta aunque no ejerciera, dirigiéndose a mí como si tuviera cuatro años de conciencia, si bien, amablemente. Al tiempo que me hacían hacer la compra, en todo momento bien vestida y peinada,  y acompañada de un blanco o una blanca no familiares que me protegieran, sin vida social, de no ser por la relación interna con mis primos, que eran adorables, y con una abuela muy noble, la única que me besó alguna vez, a la que le leía libros y le hablaba de cultura. Eran gente bien educada y con determinados valores, pero siempre me sentí incomprendida por una sociedad de a pié, muchas veces cruel y complaciente con el sistema político y social, indiferente, o viviendo con miedo a las represalias, o sencillamente ajena a la política de Estado, estando yo misma, a su vez, sola y aislada del exterior.

Tras esos duros dos años restantes, les intenté convencer con firmeza de que me marchaba a EEUU y les rogué que me pagaran el pasaje. Finalmente, claudicaron y no solo me dieron el abono del pasaje, sino dinero suficiente para mantenerme con una mínima dignidad durante un año aproximadamente calculado, hasta que lograra salir adelante.

EL FIN DEL APARTHEID

Entretanto, el proceso de Rivonia,  iniciado en los hechos, el 12 de junio de 1964, cuando yo era una niña muy pequeña, garantizó  el enjuiciamiento y la culminación del encarcelamiento de Nelson Mandela, así como la persecución previa de algunos miembros del movimiento antiapartheid, allá por los años que se corresponden con las décadas 50, hasta finales de la década de los ochenta. Después, supe que quienes le defendieron en el juicio por Traición al Estado, fueron afrikaners que, supuestamente, abogaban por los derechos de las personas de raza negra, aun cuando quienes lo hacían repetidamente y se entremezclaban en las causas judiciales y legalistas de manera pragmática, eran de origen británico o judío.

Había diferencias culturales entre los afrikaners holandeses y los ciudadanos británicos, por ejemplo; aun cuando no fueran diferencias de clase, económicamente su estatus era parecido pero las costumbres diferían. Nuestros vecinos británicos estudiaban en un colegio inglés y hablaban en inglés. A mí me parecía, de entrada, que no estaban directamente involucrados dentro del movimiento segregacionista del Apartheid. Otro error. Pero con una matización importante: siempre hay que distinguir al pueblo británico de los altos mandatarios dispuestos a eliminar al CNA, el partido de Nelson Rolihiahia Mandela.

Tras veinte años de lucha, dentro y fuera del país, a nivel internacional, también dentro de la cárcel, por mejorar las condiciones de vida de los presos negros, sucedió que el 11 de febrero de 1990, Mandela fue liberado de la prisión de Víctor Verster junto con la legalización de los partidos políticos clandestinos, que ya había tenido lugar con anterioridad, el 2 de febrero de ese mismo año. En el traslado a la alcaldía de la ciudad del Cabo, y arropado por la muchedumbre, pronunció allí mismo, un discurso en el que declaró su compromiso para salvaguardar y mantener  la paz y la reconciliación con la minoría de raza blanca. Después llegaron las negociaciones para que el CNA dejase la lucha armada y ofrecer la prioridad, en primer lugar, de que los ciudadanos africanos obtuvieran el derecho a votar en elecciones generales y locales.

La Convención por una Sudáfrica Democrática (CODESA por sus siglas en inglés) se inició en diciembre de 1991 en el World Trade Center de Johannesburgo.

ESPERANZA Y CONSOLIDACION DE UNA VIDA MEJORADA

En lo que a mí respecta, el resto de mi vida es de agradecimiento a lo que Norteamérica me ha proporcionado, con independencia de mis ideas políticas. A partir de los años ochenta, la situación era un tanto distinta en USA, se habían producido grandes cambios a favor de la minoría negra, en muchos aspectos de la vida. Me constituía a mi misma como un ejemplo paradigmático por todo lo que había conseguido, no sin dedicar enormes esfuerzos en el día a día. Sé que mi patria y mi bandera es el mundo con la apertura hacia un lugar mejor del punto de origen. Y eso siempre es de agradecer. Por eso, en la actualidad, prodigo un guiño de Ulmarán desde la trastienda y mi satisfacción por el elogio publico y social de un escritor y pintor  llamado,  mediáticamente,  y por voluntad propia tiempo después, porque seguí haciendo honor a él, Berni Bryan. Mi persona pretendía llevar una vida tranquila, ahora que estaba situada socialmente, habiendo ganado batallas trascendentales.

No dejéis nunca de perseguir vuestros sueños. Si realmente creéis en ellos con fervor pues, siendo así, se transformarán en realidad palpable.

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