TRANSFORMACIÓN

Una fiesta de cometas y confetis,

de champán y celebrities naturales.

Fue un amanecer pausado y paulatino,

condecorado con mil lluvias doradas estelares,

un escenario lleno de besos y abrazos sinceros, leales

y un sinfín de reencuentros corpusculares,

pletóricamente jubilosos. Los cuerpos, oh, los cuerpos…

perfectamente asociados a sus mentes, inteligentemente perspicaces,

elucubrantes y bondadosas. Una carroza traía presurosa a la princesa de vergel,

procedente del oasis reconstituyente, mayestático,

cuyas flores reverberaban al sol y adornaban el aire perfumado.

Una boda real y clásica: El, un principe encantador con traje Massimo Dutti y reloj de oro,

y ella con vestido suelto de Versace y corona de diamantes.

Apenas se hablaron en esa unión tan cool y vintage.

Se oyeron suspiros y cantaba el coro de niños, otros empujaban la larga cola de la novia.

Ya sé que dicen que los cuentos de hadas no existen. Pero en aquel lugar singular,

todo era libre y multitudinario.

Embelesadas especies únicas del siglo XXIII, raras avis que cosechaban aplausos tan solo por existir.

Se acabó el capitalismo destructivo y arrasador.

Porque todos vestían a la moda, todos absolutamente. Y el trabajo no era asalariado y dependiente del capital. La abundancia extrema y redistribuida en consonancia, hacía que cada cual tuviese sus necesidades y sus capacidades plenamente adaptadas a su vida social.

Un cielo terrícola y un clima reparador salvaguardado por verdes prados

y campos exhuberantes, la tierra para quien la trabajaba era lo justo.

Trabajo manual e intelectual equiparablemente equitativo.

No, no fue un sueño karmico ni una ensoñación enmedio del almuerzo laboral. La vida y todos sus manantiales de riqueza fluían sin descanso.

La leyenda de los indomables se fraguaba bajo la luna, entre comensales satisfechos

y lluvia de verano. Contingentes de comida y toneladas de risas.

Los coches y las pieles en plena inercia enmedio de caricias suntuosas

afloraban entre distintas clases de familias y relaciones.

Despegaban los impulsos, las pulsiones se controlaban y expandían sin traumas ni censura.

Sietemesinos de la razón y muy críticos, neonatos de un nuevo mundo maravilloso y fiel, porque la fidelidad se plasma ante la verdad y los hechos.

De vez en cuando llegaban a las orillas de las playas botellas con mensajes de náufragos doloridos que se habían exiliado voluntariamente por disidencia a las nuevas ideas. Y con el viejo pensamiento todavía a cuestas, pedían socorro en su recóndita isla escondite, donde no habían encontrado ningún tesoro enterrado. Muchos de ellos fueron rescatados por esencias buenas y nada susceptibles respecto del miedo a lo desconocido.

Los diferentes sin mucha conciencia aprendían pronto a aceptar y a atender plenamente.

Esos juicios de valor de antaño, cuánto daño. Resarcidos los hijos de los dolientes en clases y formación. La sangre y el grito de guerra se iba transformando en un proceso material y científicamente evolutivo,

que caminaba hacia el superior desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción en manos de la mayoría.

Y los enamorados de la vida cantaban a los cantautores de la revolución, leían a los poetas malditos,

a Lorca, se fundían emocionalmente contemplando películas de Buñuel,

rememoraban a Stendhal y su síndrome contemplando cuadros de Dalí y de Picasso. No era perfecto pero era precioso poder decidir.

Y las ideas colectivas de los seres sociales eran unipersonales, propias, ricas y llenas de matices.

Repoblar el mundo invirtiendo en recursos. Los duendes del deseo

visitaban a la gente durmiente para reparar los posibles errores.

Rectificar era de sabios a ciencia cierta y nunca mejor dicho.

Y la mayoría eran por fin dichosos, aunque posiblemente hubiera mucho más que contar, si bien las cosas esenciales eran tan simples que muchas veces no hacía falta perderse en los detalles.

Los frutos de la tierra eran del pueblo. Y como en tiempos pasados las puertas de las casas permanecieron siempre abiertas, sin cerraduras.

Para que los amigos se considerasen entre iguales. Pues apenas perduraba la delincuencia y los actos violentos.

A partir de una época lozana que transformó el destino y que todo hombre recordaba, los movimientos de los planetas y del mundo gozaron de su verdadero rigor matemático, siempre dialéctico, siempre libre, siempre profundo, siempre sencillo, claro y diáfano, aguerrido, valiente.