Plenilunio

Y la luna suspiró, con esa mirada guapa…

Y nos regaló muñecas crecidas y celebrities.

El fuego fatuo se desparramó sobre el césped

y grandes llamaradas refulgentes proyectaron

alrededor.

El fuego era… la luna llena en su otra cara.

Desconocida, andrógina.

Paseábamos por el boulevard sur,

los licántropos inaccesibles no nos hacían nada,

estremecían los rayos selénicos.

Selene… Selene… gritábamos la muchachada…

Era de noche, tan solo,

cogiditos de la mano

y detrás una turba ensimismada

pues la Luna Llena era una luz de neón

atrayente en su celibato. Y relajante.

Nos lo condonaba todo.

La larga marcha, longuilínea y transitada,

escupiendo sombras planas sobre el suelo.

Y mirábamos la constelación,

llorando de emoción nos quitábamos los abrigos,

ardía la vía urbana sin ápice de aire.

Y los lobos acampaban merendando en su picnic

sin saber que andámos susurrando cantos celtas

y ancestrales junto a su imagen musculosa y desgarbada humanoide.

Y el sueño de la razón no siempre produce monstruos,

alienta la imaginación nocturna.

Mientras, soñábamos simbolismos en esta fase cíclica.

Insistíamos:

-Selene… Selene… Somos tuyos.

Los cánceres locos, perturbados peripatéticos.

Mientras tu… tu…

Refulgurabas con un ángulo de elongación de 180º

para perturbar a las mareas oceánicas.

Eras una lunera con luz cabaretera, cambalache, hedonista por más.

Irradiándonos, en esta noche durante un ciclo sin final,

espectáculo lumínico del 100%

donde todos los sueños y los buenos deseos se cumplen.

Despues…

Muy a mi pesar… DESPERTÉ.